Linares

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Lo aquí narrado es el registro de algunas charlas informales que sostuvimos con habitantes del municipio de Linares. Nos pareció significativo romper con la inercia de la omisión y decidimos escribir este texto con el único afán de rescatar unas cuantas impresiones que la gente del pueblo refiere en lo cotidiano. Recuperar y legar estos registros de lo humano, es también —presentimos— una manera de incidir y resistir a un contexto social que cada vez resulta más difícil de sobrellevar.

*Heriberto y Elvira son nombres ficticios.

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El municipio de Linares está ubicado al sureste de la ciudad de Monterrey; es un municipio enclavado en la región citrícola de Nuevo León. Al igual que Allende, Santiago, Montemorelos, Cadereyta y China, es  una población que desde hace aproximadamente tres años se ha convertido en campo de batalla de narcotraficante antagonistas. Debido a que las dos principales agrupaciones delictivas se disputan el control de la autopista Monterrey-Linares (vía neurálgica para el trasiego de droga hacia Tamaulipas), la permanencia de este tipo de grupos ha sido incesante. Los cárteles se han asentado en el pueblo y han logrado penetrar su tejido social. A pesar de ser un poblado relativamente grande (con aproximadamente 78,000 habitantes), y  a diferencia de Allende y Santiago (localidades más pequeñas pero que se entienden así mismas como metropolitanas), en Linares  aún persiste un estilo de vida acompasado, con un tipo de sensibilidad más sosegada. Al igual que Montemorelos y Cadereyta, poblados con quien comparte condiciones similares, a Linares lo han trastocado violentamente y los han convertido en un pueblo temeroso. La violencia, los secuestros, las extorsiones, pero sobre todo la indiferencia (de todos) han marcado un rumbo nada esperanzador para el otrora pacífico pueblo de Linares.

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 No sabemos a qué va a llegar todo esto

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Heriberto dice que se acaba de cumplir exactamente un año de la balacera en la plaza principal del pueblo. Me muestra las calles por donde se dio la persecución: son alrededor de quince cuadras que cruzan de un extremo al otro la zona centro del pueblo. Él todavía recuerda el rechinido de llantas, el sonido de los disparos, las puertas atrancadas y las calles desiertas; luego, me describe, lo que más le caló fue el silencio, nadie sabía nada y nadie se animaba a salir. No hubo pronunciamiento de las autoridades por la radio o la televisión y, aunque había helicópteros militares apostados en Soriana, en las noticias aseguraron que las cosas habían vuelto a la normalidad. Al día siguiente, los imponentes operativos militares y las paredes agujereadas eran pruebas contundentes de que Linares definitivamente no volvería a ser el mismo. En el enfrentamiento tal vez murieron más de los que oficialmente declararon, pero lo que causó más terror e incertidumbre, fue el levantón de al menos seis tránsitos de la localidad, que a la fecha, siguen sin aparecer.

Conforme avanzamos unas cuadras, Heriberto me va trazando un mapa macabro: acá desaparecieron a un doctor que ya no volvió; aquí vivía un comerciante que tuvo que cerrar sus negocios y escapar del pueblo después de que lo secuestraron; allá levantaron a tal; a aquél sí lo soltaron; a éste ya lo amenazaron; ése mejor se fue porque lo andaban cazando.

Los secuestrados la tienen difícil porque, me comenta, en seguida de que los secuestradores los liberan, el ejército va por ellos y los retiene durante un mes para sacarles información (y darles “atención psicológica”). Y ya libres deben de cuidarse de que no haya represalias por parte de los delincuentes. Heriberto saluda a casi todos con los que cruza mirada: calle con calle la lista crece y parece no tener fin; más de la mitad de las personas que conoce tienen parientes o amigos cercanos que han sufrido extorsiones. Él mismo expresa haber experimentado el caso de un compañero de trabajo que ya no apareció; narra que al menos hay 150 desaparecidos (un número demasiado grande, afirma, según la relación de habitantes) y que la mayoría son retenidos por dinero, y unos cuantos por rencillas. En la localidad se siente una sensación de intranquilidad, nadie está a salvo; Heriberto reflexiona y presiente que no se da a conocer ni la tercera parte de lo que sucede en la comunidad.

Dan las nueve de la noche y nadie sale de su casa, el pueblo se vacía; si bien, hay algunos esfuerzos por reconstruir el tejido social y volver a ocupar los espacios públicos, en Linares persiste la paranoia y difícilmente cambiará el panorama a corto plazo. Heriberto asevera que la población se encuentra atemorizada y que muchos ya se han ido; según atestigua, en los pueblos se padece la inseguridad de una manera distinta: mientras que en la ciudad los individuos se “pierden” por falta de cercanía, en los poblados casi todos se conocen y saben muy bien quién anda en qué; por ello, la psicosis se incrementa exponencialmente: la gente ya no quiere hablar ni se anima a convivir libremente.

En octubre del año pasado se asentó otro duro golpe a la ya de por sí vulnerada confianza de los ciudadanos; la detención de 250 policías del municipio acendró aún más la percepción de indefensión en los pobladores. Heriberto lamenta la situación y asegura que la presencia de los  militares no ha cambiado nada, asienta que, o no traen inteligencia o de plano no quieren hacer nada. Lo único seguro, cavila, es que no se sabe a qué va a llevar todo esto; lo que sí, confiesa, es que ya se están cansando de andar con el miedo a rastras.

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Si me voy es porque ya no se puede

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La señora Elvira me narró nerviosa y rápidamente por qué tenía que irse del Linares: hace unos meses tuvo que cerrar su pequeño negocio de artesanías ya que le cobraban piso y le era imposible pagar lo que le pedían.  Eran constantes las llamadas para amenazarla y nunca denunció porque tenía miedo de que le fuera a ir peor. Sólo pude estar unos minutos con ella debido a que, afirmó, tenía que salir corriendo a preparar unas cosas. Elvira se notaba apesadumbrada y después de unos instantes me reveló que la mayor parte de su familia ya no reside en el pueblo. Hace unas semanas le secuestraron a un pariente lejano y, aunque suene paradójico, tuvo la mala fortuna de haber sido liberado por los militares antes de que sus familiares pudieran pagar el rescate. Como ella es el único vínculo que quedó en la zona, ahora la someten por dos frentes: le exigen el piso y, además, la instigan para que pague la cuota por la “liberación” de su pariente. Es por eso que Elvira tiene que irse de su tierra, porque, la cito: aquí ya no se puede vivir así, si me voy es porque ya no se puede…      

Monterrey

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1. Si el temor a la violencia inunda la ciudad de Monterrey, es porque las instituciones, las organizaciones, los hogares, los cuerpos, los rostros, expresan un temor más profundo: el temor a la política. La acción política ha perdido su raíz en esta ciudad, desacreditada por el desprestigio de la política partidista y por la concepción errónea de lo político como una lucha de intereses en la que todos los medios son legítimos. El desprestigio de la política ante los ojos de la sociedad civil ha sido una estrategia de los grupos en el poder (en el estado, en los municipios, en las colonias, en las universidades, en los espacios de trabajo) para conservar su poder y mantener a raya la voluntad ciudadana.

2. La sociedad civil, sospechosa y desconfiada de la política, de la política que ella misma podría hacer, no logra desprenderse del prejuicio que ha aprendido a semejanza del perro obediente que espera la carnaza. Siente un ansia por actuar, pero un circuito instalado en su interior le detiene. El malestar experimentado obliga a los ciudadanos a buscar vías de acción que no entren en conflicto con los mecanismos conservadores y autoconservadores de la sociedad y de las personas.

3. La sociedad regiomontana ama el espectáculo, el juego, los deportes y la diversión, como todas las sociedades del mundo. Pero especialmente aquí el amor es desmesurado en la medida en que la represión es desmesurada. Las expresiones y las costumbres lo revelan con suficiencia: la ciudad donde más se consume la coca-cola light, en su momento la ciudad con más parabólicas, la mejor afición de México a los equipos de fútbol, etc. Por el contrario, una de las ciudades donde, en proporción a las dimensiones, hay menor producción cultural, científica y artística. La producción crítica del arte, las ciencias sociales y las humanidades es claramente sustituida por la producción acrítica de los medios masivos de comunicación, los espectáculos, las marcas y las modas. Monterrey: una ciudad donde la “crítica” la ejercen los comentaristas deportivos. Una ciudad de los “Chavana”, los “don Rober”…

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4. Orgullosos y confiados de su legendaria afición al trabajo, a la producción, a la industria, los regiomontanos ─como los gringos, creídos del american dream─ no se han dado cuenta de que durmieron por décadas y que soñaban un bello sueño. Apenas ahora que han muerto miles, comienzan a abrir el primer ojo que sigue pegado con lagañas secas, y no deciden si seguir entregados al placer o lavarse la cara. Como los niños que no quieren ir a la escuela, muchos continúan deseando seguir dormidos. La realidad ─los seres humanos siempre lo han sabido─ es dura y difícil de soportar. No falta quien rentó un cuarto de hotel, de preferencia un hotel extranjero, para seguir bailando y riendo, o seguir cuchicheando del terror en la seguridad y el confort del hogar.

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5. “No es fácil.” Todos lo repetimos. “No, no es fácil.” Por eso sólo los más adelantados, los más arriesgados e intrépidos, convencidos de que continúa abierto el último venero de vida sobre el que se levantó Monterrey, y cuyo monumento más perfecto es el Parque Fundidora con su ancestral ojo de agua de Santa Lucía, se atreven a levantar la voz (aunque sea virtual). Pero no es fácil, y, por ello, de los diez o cien o mil que levantaron la voz casi todos eligieron el camino de las pequeñas luchas. Las pequeñas luchas son el origen de las grandes. Ninguna acción legítima y auténtica puede ser despreciada. Sin embargo, en Monterrey sucede un fenómeno paradigmático: las pequeñas acciones, las acciones civiles, muchas veces son elegidas como una forma de evitar el compromiso político. Son la acción autoaduladora, son el disfraz comunitario y altruista del egoísmo y la falsa conciencia, son la forma de taparse los oídos y repetirse “pero yo sí hice algo”. Las acciones pequeñas esponjadas por la moda de lo micro- , el dejá vù de los talleres culturales y las revistas periódicas, los tibios artículos periodísticos, las invectivas de los académicos en el aula a manera de confesionario, los happenings y los performances desarticulados y acuartelados en la imprecisión de los conceptos y la ambigüedad de los símbolos, todas esas acciones muestran una cara oscura pero real de simulación.

6. En Monterrey la sociedad civil es esencialmente simulacro. El temor a la acción real, el temor paradójico de la sociedad civil a sí misma, a su acción política, la lleva a actuar de una manera simulada y autocensurada. El ciudadano crea el simulacro de sí mismo, es decir, simula ser ciudadano y actúa como si no quisiera que sus acciones tuvieran todas las consecuencias que podrían tener. Actúa para conservar. La transformación misma es un simulacro que hace efectiva la conservación.

7. La acción política ciudadana hace sentir escalofríos a la sociedad regiomontana; es su zona de terror, por cuanto es también su antagonismo más profundo, aquel en el que los individuos temen convertirse en lo que rechazan. Temen ser la izquierda y, lo que no es lo mismo aunque creen que lo es, temen ser radicales.

8. El temor a la identificación con el contrario es un fenómeno generalizado en la política mexicana. Es facilitado por la falta de claridad de los conceptos de “izquierda”, “centro” y “derecha”. Estos conceptos ideológicos por naturaleza son abstractos, como abstractas son las clasificaciones. La ideología le impide al político de “izquierda” o de “derecha” defender cualquier principio que asume su contraparte sin reflexionarlo objetivamente. El problema es que esas abstracciones son consideradas por los políticos y por los ciudadanos (¡aún peor es que lo hagan los ciudadanos!) como la base de sus actividades políticas. Erradicar esos conceptos no significa, sin embargo, ser neutrales, sino al contrario, permite una radicalidad auténtica.

9. Para la mayoría de los regiomontanos la acción política civil es sinónimo de izquierda, y la acción política de derecha es sinónimo de burocracia y estatismo. La fuerte arteria liberal que conecta los miembros de la sociedad regiomontana le impide identificarse con cualquiera de estas posibilidades, y sobre todo con la primera. La contradicción intrínseca de esta sociedad es su autocensura política, autocensura que nace del temor a parecerse a lo opuesto, esto es, lo opuesto al empresario, al negociante y al comerciante, al hombre entregado a la comodidad y el disfrute tras la larga jornada de trabajo o enriquecimiento, que sólo obedece las leyes, las modifica o las elude a conveniencia con el gesto cínico del respeto a la legalidad.

10. Este es el mismo gesto cínico de los liberales y neoliberales que defendiendo el estado mínimo, no dudan en pedir mayor intervención del estado con tal de verse favorecidos en sus negocios. ¿No sucedió así con el parque La Pastora? Como todas las ideologías, el liberalismo y el neoliberalismo son las máscaras con las que ocultan la pulsión avara y depredadora que caracteriza al capitalismo… regiomontano. Y aun los que no muestran esa codicia, aun los que no tienen la posibilidad o el deseo de explotarla, creen en ella.

11. El regiomontano cree que el empresario que no es, es él. Se identifica con el sueño que no es de manera inmediata, es decir, aunque no sea un empresario vive como tal, vive de acuerdo con sus valores, persigue su estilo de vida, sus costumbres. El empresario es el arquetipo de la sociedad regiomontana, aún cuando no es necesariamente su realidad. En esa medida, la sociedad en Monterrey es también profundamente conservadora. Vive para conservar el brillo de los otros, de aquellos que construyeron el mito que ahora ella misma encarna. Si se atiende a la clásica distinción entre el individuo, la persona y el ciudadano, en Monterrey no sólo los ciudadanos son simulados, sino también las personas. La mayoría trae puesta la máscara del empresario industrioso y se disfraza con su moral.

12. Si el Cerro de la Silla es la Escila y el de las Mitras la Caribdis, el canto de las sirenas que seduce a los empresarios son los sonidos del bosque de Chipinque y Olinalá. Pero los empresarios están atados a sus chimeneas humeantes y a la obediencia de los trabajadores que se tapan los oídos con tal de seguir trabajando en cualesquiera condiciones, pues les han dicho los patrones que el trabajo es el camino a la felicidad, es la demostración de la valía humana, de la utilidad. O lo que es lo mismo, “el carro que tienes es la medida de tu valía”. En Monterrey y en el mundo, el trabajo es… dinero, no valor.

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13. Se comprenderá la tristeza que produce el que los regiomontanos estén siendo privados de sus automóviles y bienes por la fuerza. La violencia en Monterrey no es principalmente abuso de poder, impunidad o corrupción, sino despojo de la dignidad, de la dignidad que nos da el dinero. Los seguros privados, el modelo y el fundamento del estado neoliberal, se convierten por tanto en la asistencia social que el gobierno no puede satisfacer. Carecer de seguro de accidentes, de vivienda, de vida, de automóvil, etc., es carecer de fundamento ontológico. En otras palabras, el que no tiene seguro, no asegura su trabajo y de la noche a la mañana puede no ser nadie. En Japón, la respuesta al fracaso es igual de existencial, el suicidio. En Monterrey, el fracaso nos acompaña al otro mundo. Para muchos, su epitafio se escribe en la nota roja.

14. Cuando en la sociedad regiomontana se habla de altruismo, es porque los empresarios avientan el dinero al aire desde las chimeneas a las que han sido amarrados. Quieren creer que de esa forma están un poco del lado de los que son dominados y ellos quedarán redimidos. Pero ya es muy tarde, pues la maquinaria está funcionando: ellos atados, los trabajadores sordos y amaestrados. Un engrane fuera de lugar traerá el cataclismo temido, la debacle económica, el Armagedón del mundo conocido. Pero el ser humano teme a lo desconocido y, por tanto, pobres y ricos, obreros y empresarios, delincuentes y justos, malos y buenos, flojos y trabajadores, disponen mantener y cuidar conjuntamente al aparato. No es una decisión, su funcionamiento los obliga y se creen realmente obligados, lo asumen como su deber. Es su deseo, pero no son dueños de sus deseos. Éste es su altruismo.

15. Un panorama desolador se ofrece en Monterrey. El desierto se ha extendido tanto que abarca hasta la esfera de las ideas y los medios no directamente materiales. El desierto tiene nombre. Se llama televisión, Multimedios, TV Azteca Monterrey y Televisa Monterrey. ¿Qué mejor que esta aridez para confirmar que la sociedad regiomontana es conservadora? ¿Qué mejor que los canales locales para observar que en 20 años no ha corrido un solo hilo de agua por las colonias de la ciudad y que la gente sigue viendo al mismo suelo como si fuera algo nuevo? La misma muñequita 20 años mayor, el mismo presentador 30 años más decrépito, o la nueva botarga 20 años anacrónica. Este olor a añejo que encuentra su paradigma estético en los comerciales del Pollo Loco y Las muñequitas, es el síntoma de una doble enfermedad: el uso de la televisión como forma de mantener la ignorancia de las clases bajas y la ineptitud de los comunicadores que durante décadas se han conformado con la imitación.

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16. Una televisión de las clases bajas que a medida que crecen las nuevas generaciones se convierte en el modelo de cultura popular de la ciudad. Ahora, las raíces populares, en las que tradicionalmente se había sostenido el orgullo de ser regiomontano, no son conservadas por los vínculos sociales, sino por el sándwich sin mayonesa que –a imagen y semejanza del gobierno– entregan los medios de comunicación a los espectadores, con el argumento de que eso es lo que les gusta. En Monterrey, el juego de prestidigitadores que practican los medios de comunicación, en el que el espectador no sabe si ve lo que quiere o lo que le mandan ver, es ante todo una estrategia de estratificación social que se anuda la corbata con la falacia de la adoración de las tradiciones. La televisión local es su monumento.

17. La estrategia de mercadotecnia que ha intentado identificar a la ciudad de Monterrey con su empresa cervecera local, involuntariamente se convierte en la autodefinición de los medios televisivos: en Monterrey adoramos las tradiciones. Cuando el espectador regiomontano presencia el mensaje en los cortes comerciales, el canal dice: Yo Multimedios, Televisa, TVAzteca, soy la tradición: no hace falta cambiar: “tú y yo somos uno mismo”.

18. Desde que el temor a la política se convirtió en la oración que le da sentido al altar, la identidad se trocó en laberinto de espejismos. Las campañas publicitarias y los comerciales televisivos son la representación perceptiva de ese laberinto de la identidad regiomontana. La carne asada y la cerveza de los fines de semana, el machacado y el cabrito, que orgullosamente han caracterizado a los regios y que se han querido ver como uno de los reductos del sentimiento del pueblo neolonés, evidencian la pobreza de ese sentimiento incapaz de afirmarse a través de otras costumbres y prácticas verdaderamente colectivas. La identidad de los regiomontanos sólo se encuentra en el sentimentalismo y la emotividad estériles para la construcción de la ciudadanía y del pueblo. Por ello, tiende a la adopción de símbolos doblemente vacíos: la carne asada de los fines de semana como paliativo y evasión del tedio laboral de la semana, pero sin ninguna función real de integración familiar o social; las carnes asadas de los comerciales de televisión dirigidas a enganchar el consumo al sentimiento de identidad. “Nanana…nananana… Eso sí, las tradiciones son las tradiciones”.

19. La imitación es el principio de esta cultura. Imitar el formato de los programas deportivos, imitar los contenidos de los noticieros, imitarse unos a otros sin fin. Las formas son fórmulas, y el final del círculo lo siguen buscando caminando por la circunferencia. Los canales, los programas, los conductores, son la repetición infinita de las imágenes en dos espejos paralelos. En Monterrey, la identidad carece de diferencia. Esta tendría que ser la sentencia de muerte de los medios televisivos locales. Sin embargo, está sujeto a la contingencia del viento que pueda empujar a la sociedad: la expansión de la competencia a través de nuevas tecnologías de comunicación y la necesaria renovación de la oferta local, es decir, una repetición de lo mismo pero a una escala mayor; o la exigencia de la sociedad de una transformación de los medios comunicación locales. Pero mientras ocurre tal contingencia, la cultura de Monterrey es el espejo, la imitación.

20. La identidad que se busca conservar en Monterrey ya está lejos de la identidad que constituyó la ciudad y el estado. No es siquiera la identidad de los fines de semana, es la identidad de los comerciales, la identidad que los medios le venden a los regiomontanos y que ellos, orgullosos, la aceptan. Buscan conservar, pero conservan una ilusión, la ilusión de que son algo, la ilusión que encuentran en un comercial.

21. Del otro lado de la loma y en las montañas, algunas montañas, la identidad se siente de otra manera. Es la identidad que encuentra en el dinero la libertad para imitar. La alta cultura de Monterrey es libre de imitar de una manera cosmopolita: imita la cocina gourmet, la música mundial, el training, la cultura emprendedora, las lenguas, etc. Si se quiere, sigue las modas. Las clases alta y media-alta se sienten poseedoras de un pequeño aleph que los conecta con todo el mundo. Esa es la otra identidad también en fuga.

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22. En Monterrey, la universidad ha funcionado demasiado bien para silenciar y oprimir la crítica. Ha sido una de las armas más efectivas para despolitizar a la sociedad civil y a las clases a través de la represión de los jóvenes. Esta represión no necesitó ser violenta más que hace décadas. Ahora, viene desde el vientre de las madres y la mentalidad de los niños. En la universidad ser apolítico es ser buen estudiante, no intervenir en las reglas de una sociedad gobernada por adultos mayores pero poblada por jóvenes. En Monterrey, Chile es una utopía. Los estudiantes rara vez saldrán a las calles, y, cuando lo hagan, los maestros no lucharán a su lado. En Monterrey los profesores no luchan por las demandas estudiantiles, ni por las suyas propias. Los maestros son los primeros temerosos de la política verdadera; se lavan la culpa que sienten por la decadencia del sistema educativo repitiéndose a sí mismos que como profesores, como empleados, no deben luchar por un modelo educativo. La educación es para ellos lo que el contrato es para los empleados: no un proyecto nacional ni un proyecto humano, es un manual de las funciones del empleado.

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23. La UANL es autónoma y democrática. Esta es la falsedad con la que se disfraza la burocracia universitaria, tal como el estado mexicano se disfraza del IFE y de los Poderes de la Unión. Los estudiantes son estimulados en su formación política, en la participación democrática y la representación de sus intereses a través de los consejos estudiantiles. Todos los estudiantes que han recorrido ese camino saben que es una fachada y conocen el sistema de reclutamiento o de desarticulación que pone en práctica la Universidad a través de estos medios. Ante este sistema desarticulado de participación y formación política universitaria, aparece el modelo empresarial de las universidades privadas, esto es, el del emprendedor. De este modelo, práctico por excelencia, pero escasamente crítico, no surgirá ningún riesgo para el sistema y la sociedad: los “chicos” TEC y UdeM nunca se enfrentarán al ITESM ni a la UdeM. Esta es la política juvenil que se desea en Monterrey.

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24. “Nuevo León no quiere el cambio, pero el cambio quiere a Nuevo León”. Éste podría ser el eslogan que describa la inminente acción que tarde o temprano sucederá en Monterrey y en el estado (junto con México). La pregunta es ¿desde dónde, en qué sentido y con qué profundidad ocurrirá? ¿Quiénes serán los actores? ¿Cuáles serán los problemas que se resolverán? ¿Será un cambio para la conservación o un cambio para la transformación? Podemos considerar, sin temor a decir que somos realistas, que la solución a la condición de la ciudad no será radical, sino desde posiciones acomodaticias y fuertemente arraigadas en la cultura local. Es decir, la solución a problemas como el de la violencia o la corrupción, que no la transformación social o política, vendrá de los grupos de las clases medias y altas, grupos conservadores, pero amenazados en su bienestar.

25. La pregunta que los regiomontanos tienen que formularse es ¿por qué no ha surgido una respuesta desde la derecha o desde una derecha progresista light? O de otra manera, ¿por qué los valores y las costumbres que le daban seguridad e identidad a los ciudadanos regiomontanos, ya no lo hacen? Y ¿por qué esos valores y costumbres no han servido para actuar en una tierra donde impera el pragmatismo?

26. No se puede considerar que las recientes muestras de movilización ciudadana, algunas más radicales que otras, son los inicios del fin de la situación que vive Monterrey. Los mecanismos represores aún son demasiado grandes y fuertes desde el exterior y el interior de esos grupos ciudadanos. Por otro lado, en su apolitización histórica no saben cómo actuar. Es cierto que la acción política se aprende en la marcha, sólo que la marcha será más larga. Es probable que una transformación social radical en Monterrey sólo sea muy lenta y gradual, o que se postergue por décadas.

27. Históricamente, en las naciones ha habido movimientos políticos hegemónicos desde la derecha que tienen fines conservadores. En Monterrey es probable que surja un fenómeno de este tipo y, por tanto, que los problemas que apremian a esta ciudad se resuelvan a través de grupos con esa orientación. En consecuencia, la transformación radical se tornaría en lo que la sociedad quisiera que fuera: una ilusión. En tal caso, la refundación política de los ciudadanos correrá el riesgo de convertirse en “el porvenir de una ilusión”, en la reconquista punitiva del corazón conservador de la sociedad regiomontana: la tranquilidad de volver a acoger el temor a la acción política. La política será una vez más expulsada de los hogares y de las plazas públicas.

28. Pero aún hay que esperar. Como en el resto de México, el sistema político y la sociedad de derecha sólo reaccionan cuando ven una amenaza desde lo que identifican como izquierda. La ciudadanía regiomontana considera más amenazante la llegada al poder de López Obrador, que la confabulación entre los gobiernos y el crimen organizado. Hay varias razones por las que se tolera mejor lo segundo que lo primero. Una es la corrupción de las autoridades y la participación de la sociedad civil en el flujo de dinero generado por el crimen organizado. Otra razón es la desintegración social (como el desempleo, la carencia de educación, la apariencia de bienestar, etc.). Otra es el miedo a los delincuentes y a las “autoridades”. Una más, es la ignorancia de la población y la manipulación mediática. Pero quizás la razón más importante es la dependencia política de la sociedad civil respecto de los mecanismos partidistas. Los gobiernos y los partidos no utilizan sus organizaciones de base para alentar el fin de la delincuencia organizada, sino para dar supuesta legitimidad a sus acciones ilegales en el gobierno. Por su parte, los medios de comunicación les siguen el juego a los partidos, fingiendo una labor social de denuncia, pero nunca de acción.

29. En todo caso, la sociedad civil regiomontana es políticamente abúlica por miedo, tradición, costumbre y control sistemático. Por miedo y tradición, porque teme que la acción política autónoma la pondría del lado que rechaza su tradición más arraigada, la de una derecha que tiene como ideario una libertad cuya mejor expresión es la libertad de mercado y la abstención de la participación en los mecanismos gubernamentales (el estado mínimo), es decir, una sociedad empresarial antes que una sociedad civil libre. Por costumbres y control sistemático, porque la forma acostumbrada de acción política es la que durante décadas se ha practicado a través de los mecanismos partidistas y los medios institucionales del ejercicio de la democracia, esto es, la costumbre controlada por el gobierno y los partidos (con la participación manipuladora de los medios de comunicación) de sólo actuar cuando estos convocan (aunque sea a través del lonche).

30. La sociedad regiomontana padece escasez de ciudadanos y exceso de consumidores o, de otra forma, sus individuos son un mínimo de ciudadanos y un máximo de consumidores. El camino más corto y probable para que haya un cambio en Monterrey no es, por tanto, la transformación, sino la conservación. Es el camino de una derecha que se organizará temerosa de sí misma, del crimen del que ella misma se nutrió y, así, formará una demanda hegemónica reducida o mínima. El gran proyecto reaccionario ya es desde ahora la misma deslucida demagogia de siempre: mayor seguridad y participación, menor violencia y corrupción.

31. Estas demandas son, como la sociedad y la cultura regiomontanas, totalizadoras. Son totalizadoras en la medida en que su vacío permite unificar y homogeneizar los grupos; lo son porque el diálogo con las posiciones críticas sólo es admitido si se tiene por objeto dialogar sobre aquellos contenidos vacíos, y, puesto que son vacíos, imposibilitan el compromiso, el diálogo, la crítica y la transformación reales.

32. Las demandas vacías son deseo de muerte, instinto de no diferenciarse. En lugar de abrir la posibilidad a la acumulación de fuerzas que se afirman a sí mismas y que niegan, estas exigencias vacías se repliegan en la nada. La nada es la esperanza de ser del regiomontano. Por ello busca un sostén en las cavidades de palabras como “identidad”, “tradición”, “norte”. Un vacío lo cubren con otro. Las demandas vacías las interpelan en nombre de una identidad vieja, y, sin saberlo, se persiguen la cola. No les importa mucho este juego sin fin: es su deporte favorito. También le llaman “dar atole con el dedo”.

33. Las demandas son totalizadoras y vacías porque además son sometidas a través de las formas. La ley sirve aquí sólo para imposibilitar el diálogo, para establecer la distancia entre el pueblo y los gobernantes o los patrones. La ley se estatuye para estratificar y jerarquizar los discursos, para que el ciudadano no pueda tener como interlocutor al gobernador o al alcalde. Este rebajamiento del discurso y de las demandas, y su degradación en fórmulas establecidas por el sistema (sea la empresa, el jefe, el representante o el gobernante), las convierte en demandas abstractas e indiferenciadas.

34. Tras las incipientes demandas urgidas por la desesperación, los llamados a la paz, la democracia, a la justicia ─llamados sin contenido ni compromiso─, se escurre el engaño. Las condiciones políticas y sociales de Monterrey (el conservadurismo, el partidismo, la mediatización, etc.) son el lugar ideal para que los contenidos vacíos sean comprados por una sociedad que desea ser engañada. Así, la solución a la violencia es la militarización, a la pobreza el consumo, etc.

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35. Los grupos que pretenden una transformación de la sociedad regiomontana deben partir de la claridad y el análisis de las demandas específicas, sobre las que debe darse un verdadero diálogo y una lucha política, y no partir de la neutralidad de palabras vacías y abstractas que tenderán a borrar entre la totalidad de organizaciones neutrales las diferencias significativas que dan identidad al grupo. Esto debe ser así, aun en la aparente neutralidad de los espacios civiles, de la participación ciudadana, de la organización de la colonia.

36. Los movimientos civiles en Monterrey requieren adoptar conceptos cargados y no ideológicos. Pero ello sólo es posible si los ciudadanos aprenden a no identificar a priori las demandas de transformación con los partidos. Mientras se siga pensando que los contenidos y las acciones políticas no son autónomas, sino dependientes de los partidos, que no conciernen en primer lugar al pueblo sino a los gobernantes, cualquier diálogo estará roto. El diálogo no significa que no haya desacuerdos, sino que los desacuerdos sean verdaderos, esto es, que los desacuerdos no sean representación o montaje ni sean la palabra dogmática de un representante.

37. Las organizaciones que pretenden la transformación no deben desear la paz, ni el orden, ni la tranquilidad del centro, ni la seguridad de lo conocido, ni la tolerancia. Deben dejarse gobernar por el terror de lo desconocido, por la violencia del diálogo, por la provocación del azar, por la pasión de la intolerancia, siempre y cuando esos principios no estén llenos de un afán consciente o inconsciente de totalización y de absolutos. Sabedores de ello prepararán su lucha en la conciencia de lo particular, de las demandas específicas y diferenciadas que aceptan una verdadera crítica y un verdadero diálogo, pero que a pesar de ello tienen una perspectiva universal. No habrá en ellas pretensiones absolutas, ni aspiraciones a una verdad única, y por esta razón existirá el gozo y la angustia de una lucha que conoce la posibilidad de ser derrotada, puesto que rechaza la tibieza de la transigencia.

38. Sin embargo, la pretensión de transformar la sociedad y la política es vana si sólo se consagran a la defensa de lo particular e individual. La afirmación de la pura diferencia de igual manera es una condena al soliloquio y al autismo. Afirmar y luchar con pretensiones sociales transformadoras es una acción que tiene que pasar por el examen autocrítico de que la propia propuesta, por más justa que sea, no puede quedarse en las fronteras de los intereses individuales. En este sentido, la efectividad del feminismo, la de los grupos pro-aborto o la de los que se declaran por la prohibición de la pena de muerte, tiene que encadenarse a una perspectiva amplia, a una demanda extensa que perfila los valores y principios universales que constituyen la sociedad.

39. Las organizaciones que pretenden una transformación deben saber diferenciar entre los problemas y soluciones que tienen una raíz universal, y la mirada que hace de ellos una sola perspectiva totalizadora que elimina la diversidad y las diferencias. El riesgo de los absolutos no debe hacer temer la idea de lo universal. Este término significa algo muy sencillo: la congruencia con lo que somos. Y sólo temen la congruencia los que temen las diferencias. Los grupos no deben renunciar por ello a buscar demandas universales y transformaciones profundas, en la creencia de que este tipo de demandas suprimen las diferencias; al contrario, esas demandas universales que parten de las particularidades de cada lucha, conformarán la diferenciación y la identidad plena de los grupos. Este tipo de organizaciones no sólo demandarían derechos para los indígenas en las leyes de los estados, sino el reconocimiento político y legal de las formas de organización tradicionales de su cultura en la Constitución; no sólo pedirían mayores espacios para circular en bicicleta o protestarían contra la construcción de un estadio, sino que propondrían la transformación del sistema económico y productivo que concibe la naturaleza como una materia prima para la explotación del hombre; no pedirían más empleos, sino que trabajarían para crear formas de relaciones laborales basadas en valores distintos del hiperconsumo, la especulación financiera, la obsolescencia acelerada, entre muchos otros que caracterizan la producción capitalista. Estas organizaciones, para ser radicales, para ser auténticas, para ser diferentes, para tener un alcance universal, para construir una identidad, para ser hegemónicas, tendrán que buscar una transformación profunda y completa del sistema actual.

40. En Monterrey hace falta la conformación de una verdadera sociedad civil, y por eso las acciones civiles deben dirigirse a la ruptura con la sociedad civil como simulacro. Pero esa ruptura tiene que pasar por vencer el miedo a la política, que a la vez nace del temor a traicionar los valores conservadores de la sociedad regiomontana.

41. Los regiomontanos viven esclavizados, sólo que aún no lo saben. Tienen que dejar de ser el simulacro de sí mismos, tienen que perder el miedo a lo que no son, tienen que reconocer el crimen que son y los acompaña, tienen que perder el miedo a la acción política. Así podrán sentir el deseo de la libertad y actuar conforme a él.

“NAZI es CHIC” Regios, ideología y obscenidad social [4-10]

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CUATRO. Un número considerable de integrantes de la clase media y, en menor medida, de la media baja cree que los problemas cesarán aniquilando a los sicarios y narcotraficantes —en su mayoría, integrantes de la clase baja. Pueden matarlos: están haciéndolo, en los hechos y con su visto bueno ante esta guerra; nadie se los va a reclamar ni hará escuchar nada por ellos. Pero, si lo consiguieran por fin, tarde que temprano la mayoría de los que apoyan esa iniciativa e incluso quienes no pasaríamos a conformar ese vilipendiado estrato, a tomar su lugar en las butacas roídas. Ésas tienen que estar ocupadas porque la condición de infrahumanidad económica es una de carácter sistémica, estructural del sistema capitalista-neoliberal. Los desgraciados no son otro bloque más en el muro: son el cimiento, tierra-abajo, que sostiene a los que se ven donde están/donde estamos. (Si los demás empezamos a temblar, es porque ese bloque se movió de su lugar).

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CINCO. Sólo unos suponen que evitarán problemas al desear mantener (es decir, retener) a cada quien en “su lugar”; y prefieren evitar los existentes, pero aún pasivos, a activar otros procesos en pos de intentar un ejercicio efectivo, consumado social y legalmente, de la igualdad. La violencia consiste, de un lado, en la obstinación de muy pocos por continuar con estilos de vida desorbitadamente obscenos a costa de los demás; y, de otros, en la aspiración ilusa por ser como los obscenos o en el temor comprensible pero cómplice y en cierta medida pusilánime de perder su frágil (el adjetivo ya es innegable) comodidad. Sendas tentativas mantuvieron y siguen manteniendo a generaciones en guetos, muriendo de miseria, ignorancia y hambre. En cualquier caso, prima el instinto de conservación por sobre el sentimiento de comunidad, puesto que ésta es inexistente. Y si no hay comunidad, si la sociedad está radicalmente escindida… lo increíble no es la violencia, sino aferrarse en inventarle otra explicación a la barbarie.

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Una joya: la selección de citas y prohombres de la revista Chic.

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SEIS. “El que es pobre, lo es porque quiere: los regiomontanos somos gente de trabajo”. Proverbios como ése han mantenido a los padres de muchos trabajando de sol a sol, jurando que son ciertos mientras jamás pudieron forjarse una seguridad social y un patrimonio dignos; sus cuerpos ya no les dan para trabajar pero la necesidad los obliga a que sí. Los ideólogos neoliberales lanzan anécdotas típicas y falaces como las de que un amigo suyo comenzó boleando zapatos y 30 años más tarde ya era dueño de un emporio. La verdad es que, si todos pudieran acceder a esa “suerte”, al cabo de poco tiempo el empresario no tendría a quién contratar para trabajar sus fábricas, y éstas se vendrían abajo. Lo irracional es que todo un sistema socioeconómico estribe en el azar, y que su mantenimiento abreve de la omisión histórica de que la mayoría de sus beneficiados se hicieron del poder a base de la esclavitud, el desprestigio y el crimen, en pleno siglo XX… y aún [más adelante daremos algunos detalles]. Y no es que cada quién cuente cómo le va en la feria; el asunto es que los que no pueden ir a la feria nunca pueden contar que no les va.

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SIETE. Me molestan mucho todas esas historias, al estilo reader’s digest, que narran el ascenso de alguien desde la basura de la pobreza, hasta la cumbre del empresariado. Son discriminativas, cruelmente parciales e infringen a los que siguen pobres (que son todos los demás) un sentimiento de culpa, y a los que las leen les dan la comodidad de afirmar que el desgraciado lo es porque no se ha esforzado suficiente. Si se dedicaran a narrar apenas una décima parte de la cantidad de vidas que, no sólo nunca salen de la basura, sino que trabajando en ella llegan a hundirse mucho más no habría suficientes árboles para contarlas en revistas y periódicos. Pero las historias de los tristes no son las que se escriben ni las que se leen porque a la gente le deprimen o la hacen sentir mal. Y es que la pobreza se ha convertido en la nueva obscenidad y la más reciente marginación comienza en el imaginario social: también de ahí se ha erradicado la dimensión de los que sufren.

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OCHO. El neoliberalismo cuenta con la aspiración desfallecedora por ese tipo de destinos… y con la imposibilidad de que se cumplan para casi el total de quienes la suscriben. El negocio millonario de las publicaciones de superación personal, que se editan una y otra vez con los mismas recetas irreales para el éxito, está en directa proporción al tamaño de la frustración y derrota de su creciente número de… target. Los análisis de mercado no se equivocan; así, hay otros títulos donde te dicen cómo vestirte para triunfar, porque hemos asimilado la calidad con la apariencia. Mientras, nos ponen a despedazarnos en dinámicas mezquinas de competencia, nada honrosas, en las se pierde el presunto orgullo regiomontano y pisotean nuestra dignidad. (No sé cuántos de los ex braceros de Fundidora tienen ahora su propia metalúrgica, ni cuáles cervecerías fundaron los liquidados de Cuauhtémoc·Moctezuma… pero algunos como ellos pasaron a la sección de servicios primarios del Parque Fundidora, y otros colocan botellas frías en bolsas plastificadas con logos de Soriana o de Wal-Mart.)

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NUEVE. El éxito de los reporteros de sociales no estriba en la calidad de su pluma ni en la precisión de su lente para captar con alta fidelidad. A grandes rasgos, el perfil básico que busca su gerente de recursos humanos es un profesional que tenga en su acervo no menos de 300 nombres y 50 apellidos, para empezar. Las secciones de sociales apenas tienen texto, de tal manera que la narrativa de esas fiestas privadas está al alcance público de cualquier analfabeta funcional. Y si midiéramos los centímetros que ocupa la información en proporción con las imágenes, en la edición que tengo a mano la relación es de 1 sobre 20. Las notas de sociales son ilustrativas en tres sentidos: 1) están hechas a base de imagen y apariencia: se trata de quién aparece ahí, 2) ilustran porque echan luz: son reflectores y 3) son ilustrativas y reflectoras de una identidad fincada en la admiración del que no ven. La histerización del puedes verme pero no tocarme enseña su cobre en tiempos álgidos donde, por encima del peligro al que obscenamente se exponen como carroñas ideales de cualquier secuestrador, llegan incluso a pagar por formar parte de la vitrina ensebada. Es en esas ediciones donde se sostiene la economía de ciertos diarios… en tiempos de analfabetas funcionales.

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DIEZ. “Nosotros creemos en el progreso: ésta es la ciudad por la que luchaste”. No doy con una entrevista de hace algunos años: Héctor Benavides interpela a Víctor Zúñiga a propósito del crimen de Julio Castrillón —o de Diego Santoy, o el del loco que se metió atropellar gente en Plaza Morelos, o del stríper que cercenó el pezón de una maestra de aerobics, o el de… ah, no recuerdo bien. El arquitecto se desgañita en vano por obtener otra respuesta del sociólogo de la Udem. El argumento de éste era, a grandes rasgos, el siguiente: tales estallidos sociópatas son lo conducente en una sociedad como la nuestra, que se pretendió cosmopolita a toda costa —y por encima de muchos. Su sistema socioeconómico era proclive a desatar la psicosis colectiva y este tipo de hechos terminarían por cotidianizarse. El arquitecto no quiere creerlo; parpadea. (Ahora no es proclive… es la realidad pero en aquel entonces entraron las cortinillas y, luego, comerciales de la programación donde hombres y mujeres se comportan como animales, y sonríen. Es hilarante, es absurdo ver a una botarga perreando a espaldas de la joven, en la pantalla: es un doble crimen que un hombre le haga tocamientos a una menor de edad. Entre el disfraz y la pantalla, la distancia cómoda es tu doble moral y también es el crimen.) Tú sonríes.

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A propósito de la crítica: el a, b, c, d y e del “mundo del arte” y los “artistas” en Monterrey

Encontré en la revista  *Residente/Monterrey (número 1, abril de 2012) la columna Etiqueta para visitantes de exposiciones, firmada por Daniel González Lozano.

La lectura del artículo/columna me confundió. ¿El autor realmente sabe lo que su texto connota? Ojalá esté siendo irónico; si no, sería una lástima esta cándida exposición de la frivolidad.

Juzguen ustedes mismos:

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*Residente (antes llamada Plataforma/Monterrey) pertenece a Periscopio Media, editorial también involucrada en La Tempestad.

[Puntos 0 a 3] Regios, ideología y obscenidad social

laprimeraplana.com.mx

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El objetivo principal de la política antidemocrática 
es y siempre ha sido, por definición, la DESPOLITIZACIÓN: 
la exigencia innegociable de que las cosas “vuelvan 
a la NORMALIDAD”, que cada cual “ocupe su lugar”.
 La verdadera lucha política, como explica Rancière 
contrastando a Habermas, no consiste en una discusión 
racional entre intereses múltiples, sino que es la lucha paralela 
por conseguir hacer oír la propia voz y que sea reconocida
 como la voz de un interlocutor legítimo.
Slavoj ZIZEK

Porque mis días se han levantado contra 
una ciudad enjoyada de mendigos.
Samuel NOYOLA


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CEROHe estado oyendo y leyendo comentarios, algunos frenéticamente fascistas, que piden que Monterrey vuelva a ser el de hace 10 años; otros, que solicitan el asesinato indiscriminado de todos los asesinos, clasificándolos como gente muerta de hambre, ignorantes y seres desgraciados surgidos de la periferia social: en efecto, la mayoría de los hoy asesinos son todo eso —¿captan la anomalía?

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“La envidia es una declaración de inferioridad -nunca es suficiente”. ¿Otros lemas de esa campaña? “La verdadera libertad está en ser dueño de tu propia vida -nunca es suficiente”. ¿No es incongruente o atenta contra el sentido común ser “dueño” de tu propia vida y que nunca tengas suficiente? -no para la ética neoliberal: ella precisa este “abismo de sentido” donde instala el desfase existencial y la histerización social. Ahí tiene cabida la dictadura aspiracional de los mercadotecnólogos.

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UNO. Parte del pueblo regiomontano atribuye la existencia de criminales y asesinos a la generación espontánea. No cae en la cuenta que la economía neoliberal en que vivimos precisa de brutalizarlos continua y sistemáticamente. El tumbo neoliberal deja una estela donde muy pocos viven con lujos descomunales, muchos de los cuales el “común” ni siquiera imaginamos, pero que aspira a conseguir como perros en un galgódromo que cumplen con intentarlo mientras rinden la apariencia satisfactoria y obscena del espectáculo.

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Los ciudadanos son, por lo menos, automovilistas. El cáncer de piel ¿no afecta a los que van a pie? -¿o no importa que los afecte?. Ese mismo periódico el lunes 9 de mayo de 2011, un día después de la Marcha ciudadana por la paz, que recorre desde Colegio Civil hasta la Explanada de los Héroes... prefirió darle su portada a la mala señalética que entorpece el tráfico de los automovilistas. Así se empodera la preferencia del conductor sobre el peatón en las fronteras de esquinas con señal de alto para el primero.

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DOS. El privilegio de 1, que puede comprar hasta el silencio; la “vida regular” de 99 que tienen acceso a canales de expresión asépticos y el derecho a una voz pasteurizada —que no cambia nada pero que nos hace sentir ciudadanos civilizados… se fincan sobre el mutis infrarreal de 900 omitidos, vejados por antonomasia. Ellos no tienen ni exclusividad ni normalidad… ni definición.

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“El orden natural de las cosas”, así es percibida la muerte de algunos al interior de ciertos sectores, y así es difundida y asimilada públicamente. Ni siquiera afecta las relaciones de los “socios comerciales”.

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TRES. Exclusiones naturalizadas como la que deja ver la nota en El Norte, clasismos fascistas como el de Román Revueltas Retes en Milenio y campañas como las de Audi, que promueven la discriminación como un deseable ejercicio del poder, saturan continuamente los medios de comunicación y las avenidas y son nuestro estilo de vida. Esa configuración opera no sólo lo que deseamos sino también la repulsión orgánica de nuestras vidas de-significadas: ésta es la violencia y es idiosincrática. Nuestra identidad se construye espetando a la cara de los que no pueden tener un rostro… su insignificancia. (Pero lo tienen: y es más que esa pantalla fantasmática que nos devuelve un monstruo donde sangran las astillas del espejo.)

Regios, ideología y obscenidad social

[Estaré subiendo algunos textos que escribí hace ya meses, al calor del evento Casino Royale pero más bien a propósito de nuestra sociedad en crisis. En aquel entonces, redacté poco más de 30 puntos: algunos en un tenor menos subjetivo, otros a ras de la bitácora personal. Me propongo ir subiéndolos poco a poco y, una vez que termine con ellos, espero continuar escribiendo sobre esta sanguinaria anomalía -la de nuestra sociedad. Lo mejor hubiera sido que no quedara más por decir al respecto pero lástima que no será así. Entre corchetes, y quizá resaltado en otro color, añadiré apuntes si es que me parece pertinente.]

 

En el país de la soledad y el abandono

Jorge CASTILLO.

El 11 de agosto pasado se dio a conocer públicamente el caso de hallanamiento y asalto cometido por sujetos armados que vestían uniformes con las siglas PFP en menoscabo de las personas y propiedad de Efraín Bartolomé y Guadalupe Belmontes, así como de otros de sus vecinos, durante el operativo de detención de “El Compayito” en Tlalpan, D.F. Fue hasta las 4:43 a.m. que, después del ataque (o de ¿qué otra manera llamarlo?), Bartolomé reseñó su terrible experiencia preguntándose y preguntándonos con profunda indignación e impotencia: ¿De verdad estamos tan solos?”.

Un día antes, el 10 de agosto tuve la oportunidad de leer una columna de Javier Ibarrola en Milenio, en la que hizo referencia a los comentarios que recibió de un joven (hijo de militares) quien exhaltaba los nobles valores y compromiso con los que son formados los elementos de nuestras insignes fuerzas armadas (ejército, marina y fuerza aérea) y del desconocimiento que el pueblo mexicano tiene de estas instituciones y sus miembros; valores de formación, carácter y compromiso patriótico con los que, el mismo joven argumentaba, deben ser juzgados los elementos castrenses sospechosos de haber incurrido en delitos en contra de población civil, es decir, de su derecho de sólo ser juzgados por otros militares, pues “debe castigarse al que se equivoca sin dudar, pero sólo aquel que conoce su entorno y motivos puede ser el juzgador”.

http://tecoloteloco.wordpress.com/2011/05/25/exposicion-militar-en-el-parque-fundidora-de-monterrey/

imagen tomada de tecoloteloco.wordpress.com

De acuerdo con esta postura, pareciera pues que sólo así sería posible llegar a veredictos justos y responsables ante quienes realizan la peligrosa (y gloriosa) tarea de guerra que les ha sido encomendada en contra del crimen organizado. Con esto, en el texto que cita Ibarrola se hizo evidente el malestar de que la Ley de Seguridad Nacional (aprobada en lo general) minimice en su contenido esta condición fundamental de justicia entre militares así como el temor de que esto repercuta en la moral y compromiso de los militares para con su patria, y por lo que el mensaje de este joven es recuperado en el título del texto publicado por Ibarrola: “¿hemos abandonado a los soldados?”.

Así pues, se perciben dos visiones desde posiciones que, en los hechos y en los discursos, parecen irremediablemente incompatibles entre sectores que el necio belicismo calderonista ha puesto en irresponsable y perversa fricción: los ciudadanos y las fuerzas armadas (y las del “orden público”).

Por un lado tenemos a una sociedad crecientemente victimizada, ya no sólo por el crimen organizado que despliega su más humana bestialidad, sino también por las temibles fuerzas del Estado, las cuales, por otro lado, y lamentablemente como consecuencia inesperada de sus labores de nobles fines como la protección de la vida y propiedad de la población y del restablecimiento de la legalidad, el orden y la paz, éstas empiezan a perder la credibilidad y confianza de la ciudadanía por los actos de arbitrariedad cometidos y que se han dado a conocer públicamente; daños civiles que pretenden resarcir con ejercicios de “justicia gremial”.

Entonces, tenemos a una sociedad que cada vez más se siente sola, a merced de la violencia y del despojo cometida por los “malos” y también por quienes se supone nos deben proteger del “mal”; y tenemos a los miembros de nuestras instituciones armadas, quienes han sido puestos en la línea de fuego pero, desde su perspectiva, “sin ninguna garantía” de que su labor sea respaldada por una estructura político-administrativa de justicia civil que ellos mismos consideran ineficiente, corrupta e infiltrada por el crimen organizado; mexicanas y mexicanos forjados en el amor y fidelidad a su país, que expresan en la entrega misma de su propia vida, ahora pueden sentirse traicionados por él, sentirse abandonados.

Pareciera entonces que, al menos en estos dos asuntos particulares, para Bartolomé (visión de civil) y del joven citado por Ibarrola (visión de militares), el verdadero sentimiento que expresan en común es el de la indefensión; la indefensión del ciudadano que se ve agredido y humillado en su propia intimidad y de sus seres amados ante el poder incuestionable del fusil empuñado y ante lo cual se sabe solo pues la policía nunca respondió a su llamado de auxilio; la indefensión latente del marino que patrulla las calles sabiendo que durante el fragor del combate es de humanos cometer errores y matar a un inocente y de correr el enorme riesgo de ser sentenciado sin rigor, ni profesionalismo judicial, y peor aún, con intereses oscuros actuando en su contra.

La soledad y el abandono expresan ese irremediable sentimiento (real e imaginario) de indefensión que experimentamos como víctimas o que preocupa al gremio armado que busca, válidamente -más no legítimamente-, protegerse mediante fueros de justicia exclusiva.

Pero curiosamente la soledad y el abandono de unos y otros cumplen una doble función que, en las actuales condiciones, apuntan hacia una misma dirección: a una mayor fragmentación y confrontación social, sí, mayor a la que ya existía.

Por un lado el sentimiento de soledad y de abandono propician el recelo y el alejamiento de aquellos que creemos amenazan nuestra vida y bienestar, de aquellos que nos han decepcionado y de quienes ahora desconfiamos (¿más que antes?). Con ello tendemos a separarnos y alejarnos más de otros ciudadanos, de otros grupos sociales o culturales de quienes sospechamos y de las mismas instituciones que también nos agreden.

Pero paradójicamente esta suerte de soledad y abandono también impulsan o refuerzan aquellos vínculos en los que si encontramos resguardo o solidaridad como la familia, la religión, el gremio, el partido, el sindicato, hasta la pandilla juvenil o el mismo cártel; círculos de protección y también de interés particular (como también lo son las fuerzas armadas) que precisamente están en fricción unos con otros grupos, que se alejan y rechazan mutuamente, se separan, sospechan y desconfían unos de otros pues se sienten amenazados y hasta en pugna. Los grupos se retraen para apoyarse en su interior, pero también para protegerse ante cualquier amenaza exterior.

La pregunta es: ¿quién nos ha dejado solos, quién nos ha abandonado?

Serán esos que nos dijeron que con la apertura de nuestras fronteras y mercados llegaríamos al primer mundo cuando ahora estamos en uno que ni siquiera imaginábamos; fueron aquellos que redujeron al mínimo los derechos laborales y sociales de los trabajadores a favor de la mayor ganancia de unos cuantos argumentando una mejor ventaja competitiva internacional; o aquellos que le dieron la espalda al campo y provocó que nuestro país dejará de ser autosuficiente en la producción de alimentos; tal vez quienes concesionan los derechos de explotación (depredación) de nuestros recursos naturales a favor de empresas transnacionales y que además dicen ser social y ecológicamente responsables; aquellos que durante décadas se han visto obligados -por todos esos cambios estructurales- a emigrar dentro y fuera del país para buscar una vida digna; o los que siempre hemos sido indiferentes ante la marginación, el despojo, la explotación y la discriminación de los pueblos indígenas; los que compramos y vendemos la justicia y que nunca nos interesó crear un sistema veraz, eficiente y expedito; serán los que hace ya muchos años se olvidaron de educarnos para dedicarse a mantener y acrecentar sus privilegios gremiales; serán quienes heredan a sus hijos o venden plazas de trabajo en el sector público o paraestatal; o aquellos jóvenes que quién sabe en qué ocupan su tiempo porque ni estudian ni trabajan; o probablemente quienes en el centro comercial nos estacionamos en el lugar reservado para personas con capacidades diferentes; quienes en vez de ceder el paso al peatón o al ciclista casi los arrollamos, claro para que no nos gane el paso otro coche; los que siempre pedimos y damos mordida; los que siempre hemos sido crueles con los animales; que siempre hemos vivido de vender y comprar chueco; quienes compran y venden seres humanos; los que siempre sospechamos de la credibilidad o ideología de otros movimientos políticos y sociales.

Pareciera, en realidad, que siempre hemos estado solos, pues hemos construido un país de abandonos… un país de lejanías más que de cercanías; un país de diferentes y desiguales más que de ciudadanos; de intereses propios o de grupo más que de bienes comunes; de desconocidos e indiferentes valemadristas más que de solidarios; un país que ahora más que antes se enfrenta, posiblemente, a las manifestaciones más crudas de sus estructurales soledades y abandonos, esas que en el ensordecedor estruendo de las armas no hacen ningún distingo…

Pero precisamente por ello también queda claro que existen de soledades a soledades, de abandonos a abandonos, las de quienes tienen las armas y las de quienes no, de quienes irrumpen la tranquilidad de la noche con todo su poder (político) institucional y arsenal y de quienes sencillamente son obligados a arrodillar su dignidad. Indefensiones algunas que, tal vez sin desearlo -en el mejor de los casos-, agravan la indefensión de muchos otros.

En un país de indefensos, donde se multiplican las victimizaciones y la confrontación ¿cómo podremos ayudarnos? Tal vez el diálogo y la conciliación (esa de abrazos y besos) sean la forma en que dejemos de estar solos y para realmente empezar a conocernos, tal como es el deseo del joven hijo de militares…