Espejismos regios

por Jorge Castillo

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El reto de la carne asada más grande del mundo realizada en Monterrey, Nuevo León, México, el pasado domingo 18 de agosto de 2013, ratificó la virtual influencia de una élite regional de gobierno y empresarial -de asociación transnacional- que promovió un redituable macronegocio de fin de semana, justificado en una práctica alimenticia pseudoregionalista de celebración de “nuestra identidad local”. Pero también, y primordialmente, este evento certificó la casi imperceptible supremacía ideológica de todo un sistema económico, político y cultural de alcance mundial. Predominio de un sistema global que se expresó a través de un acto monumental de consumo de carne, parecido a los que han sucedido anteriormente en diversos lugares del planeta [como los similares records de asados de carne implantados en las Filipinas, la Argentina, el Uruguay, Australia y en Hermosillo, Sonora, México].

La megacarneasada se trató de la celebración de un sistema político global que promueve y patrocina una añeja, pero muy efectiva, fórmula de control social que complementa el pan [relleno de carne] con el circo [de conciertos]. Receta que ya se ha consolidado como programa permanente de gobierno, que se ha instaurado como la única “política pública” imaginable, factible y de “sello distintivo” para quienes detentan el poder, acorde con sus muy limitadas perspectivas y horizontes como representantes populares. Se trata de la burda política de lo simple, fácil y rápido. Sistema de jerarquías que refrenda, una y otra vez, la expectativa que el gobernante tiene sobre el ciudadano, al que concibe como un beneficiario agradecido y dispuesto siempre a lo que el poder le da; lo cual, reafirma en los hechos, el carácter que el mismo ciudadano debe poseer: ser subordinado, expectante, pasivo y por tanto, manipulable [a lo que también el ciudadano le saca provecho, aunque con efecto perecedero].

Se trató también del festejo de un sistema económico global que basado en la máxima y más rápida ganancia, monta megafestines donde el platillo principal por devorar, en el frenesí comercial, es el mismo comensal, quien es atraído con el olor a carne asada. Carne producida gracias a una de las industrias más depredatorias y contaminantes del medio ambiente a nivel planetario, y cuyos únicos límites lo establece el mismo ritmo digestivo [mejorado] de las reses.

Se festejó así, el logro de un sistema económico mundial que de forma indistinta consume por igual recursos naturales y consumidores; cuyo proyecto civilizatorio de progreso se fue desvirtuando a tal grado que se redujo a la simple y seductora idea del enriquecimiento. Se trató pues de la celebración de un sistema que al crear necesidades y definir gustos, también moldea sociedades e identidades, el cual, aprovechando esta vital necesidad humana [la de configurar identidad], acompaña a esos profundos sentidos psicosociales de adscripción, pertenencia o membrecía con proyecciones adictivas de posesión y consumo materiales.

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Se trató, en este sentido, del envolvente éxito de un sistema cultural [de tradición occidental] que simbólicamente continúa implantando la idea del progreso económico -del individuo, de la familia, del rancho, del pueblo y hasta de una ciudad- a través de uno de sus íconos culturales más apetitosos: un jugoso trozo de carne roja. La megacarneasada fue una expresión más de esa reiterada lógica capitalista que de forma hábil asocia imágenes e ideas acerca del progreso y del bienestar [el del ascenso social y económico  (el de la riqueza monetaria)], con los deleites que provee el consumo, pero con la imperiosa necesidad [atávica] de exhibir éste último como la fachada misma del éxito social que implicaría la mera obtención de todos ellos.

No nos conformamos pues, con el sólo acceso al consumo de la carne, ya que el progreso y el bienestar como tales no nos son suficientes, sino que su alcance, el hecho mismo de su obtención a través del consumo [sean cortes de carne caros o baratos (producto original o “pirata”)], acorde con la posición o estatus que eso nos representa, debemos ostentarlos. Impronta que este sistema canaliza a través de otro complemento cultural: la competencia. Sólo así entonces, sabremos quién produce, prepara y/o consume más carne que todos los demás -individuos, familias, ranchos, pueblos, ciudades-, sabremos pues quién es el mejor, quien sobresale o está por encima de todos los demás; lo que en términos “regios”, y específicamente entre los vatos podría traducirse en esa velada competencia: “vamos a ver quién es ‘el bueno’ para asar la carne”.

Así pues, y en el tono que impuso la frívola ostentación de un banquete desmedido, nos fue posible demostrar la privilegiada posición que los “regios” exitosos -como los gobernantes, empresarios, clases medias y séquito de wanabes de todas las condiciones y rincones- deseamos ganar por encima de todos los demás, con la esperanza de alzar el trofeo del primer lugar en el concurso de lo que sea, pues simplemente buscamos ser los mejores, los más grandes, los absolutos amos y dueños del universo o aunque sea de algo, trátese del campeonato más trascendental o del más trivial -siempre que sea avalado, claro está, por toda una institución de proyección mundial: como el Guinness World Records-. ¿De esa proporcional caída es nuestra verdadera derrota, eso es lo único que alcanzamos a ver en el panorama de nuestros áridos llanos y angostas hondonadas de significados?

Fue de lo que se trató esta carnotota: de sobresalir, de distinguirse, de destacar, de figurar, vaya, de ganar y ser exitosos en lo que sea; es lo que muy en el fondo este sistema cultural-comercial nos hace desear y perseguir, por medio precisamente, y no por inocente casualidad, del consumo no gratuito de carne y de entretenimiento [competitivo].

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Ese finalmente es el sentido congregador o de supuesta identidad que eventos como la megacarneasada promueven: protagonizar y/o presenciar -gracias a nuestro poder adquisitivo- en medio de un agradable momento de entretenimiento, el reto de figurar como superiores o mejores a todos los demás, en este caso nosotros los “regios” ante “el mundo”. Lo que en Monterrey celebramos fue nuestra supuesta capacidad de alcanzar el éxito competitivo con sólo comprar un paquete de promoción, los cuales son los códigos culturales básicos del sistema hegemónico capitalista que están muy lejos de cualquier signo distintivo o tradicional, característicamente localista y regionalista del “regio” o del nuevoleonés ¿o están más cerca de lo que creemos?

Códigos culturales contemporáneos que no son tan ajenos de aquel antiguo sentido de usufructo y aprovechamiento del desierto, de ese vasto territorio [infecundo y baldío] que conquistamos al vencer [eliminar] al indio bárbaro -ese nómada salvaje que alguna vez consideramos como nuestro más formidable enemigo-, y en cuyo despojo y exterminio obtuvimos nuestra primera victoria. Antecedentes de invasión y dominio que dieron forma a nuestra posterior hazaña de haber construido la capital industrial del país, en donde los emprendedores “hicimos florecer el desierto”. Signos añejos de conquista, victoria y hazaña -hoy nombrados éxito y triunfo-, que ahora vinculamos íntimamente con esa otra necesidad humana de ocio [diversión], el cual hemos enaltecido como nuestra máxima forma de recompensa -de usufructo y provecho- pues hoy día gastamos [disfrutamos] en ello los ahorros que con tanto esfuerzo y dedicación acumulamos por muchos años. Códigos que sin embargo, si han sido lo suficientemente influyentes como para redefinir -con diferentes sentidos y combinaciones en diferentes momentos históricos- nuestra visión y percepción como sociedad local ¿o tal vez me equivoco?

Este pretensioso récord adornado de “traje regional” (Made in Monterrey), es un claro ejemplo de eso que equivocadamente algunos afirman: “cuando lo local se desborda hacia lo global”, aplicable sólo cuando se trata de los lugares que detentan las posiciones centrales de ese poder global, pero cuyo sentido es directamente inverso para los lugares que constituyen las periferias del mismo, esas periferias por siempre conquistadas [material y simbólicamente] y de las que nosotros formamos parte. Si no fuera así, entonces dónde quedaría ese sueño regio que por ya muchos años las elites locales se han empeñado en construir para seducirnos, mediante un probado proceso de molido y batido de todos los diversos sectores socioculturales de inmigrantes que desde siempre hemos conformado a la sociedad local y regional, para después, una vez mezclados, ser vaciados dentro de un molde a imagen y semejanza del moderno modelo sociocultural de Estado-nación del omnipresente vecino del norte.

En sentido estricto, la megacarneasada no fue la celebración de un platillo “tradicional” de Monterrey o de la identidad del “regio” hacia el mundo, fue la celebración del modelo cultural global [estadounidense] expresado sobre un espacio local de la periferia, uno más de tantos festejos del poder hegemónico, fue una celebración de la denominada, atinadamente, aldea global. Fue la celebración del mundo del progreso [el del enriquecimiento, el de la acumulación], de la competencia y el éxito [por sí mismos y basados en:] el mundo del consumo ilimitado y de la banal y descomunal ostentación de todos ellos en su forma de entretenimiento [diversión].

Un evento que también evocó en la gente la celebración de la abundancia, pero en un sentido diferente de la antigua y tradicional devoción festiva de los ciclos de renovación natural y agrícola, pues en este mundo urbano -el de la mundialización- adquirió un cariz distinto dada la distancia ideológica que le imprimió al evento su inherente vanagloria secular. Modelo arquetípico de veneración de la abundancia que, como parte de nuestra herencia cultural, no ha desaparecido del todo -pues sin ninguna prístina pureza aún sigue vigente no muy lejos de las ciudades-, pero que en ciertos casos se torna más borrosa y adopta la forma de festejos paganos del progreso y del éxito monetarios, a razón de su simple y petulante promoción “magnificente” en el escaparate internacional.

Más allá de si a la gente le importó de forma crítica o no que se realizara la megacarneasada -con los particulares intereses de empresa y de gobierno [de control social y promoción turística] involucrados-, lo que éste “magno” evento también representó en esa centenaria, sutil y decisiva guerra entre los símbolos hegemónicos y los marginales [que son conquistados o que resisten], fue la reiterada legitimación de un particular pero envolvente sistema de poder político y económico en el que todos participamos y donde nuestras particularidades como individuos, grupos sociales y culturales son diluidas y amalgamadas para ser estandarizadas, empacadas, etiquetadas y vendidas como marcas registradas.

Fiesta de la carne asada “regia” a la cual fuimos invitados -por el Gobernador- para homenajear los retazos de una pseudoidentidad local y regional que muy en el fondo sabemos no es nuestra: esa supuesta particularidad social y cultural de los “regios”, quienes al parecer, ahora nos distinguimos de otros mexicanos y del mundo porque sólo comemos carne asada [HEB, Certified Angus Beef], tomamos cerveza [Bud Light o Heineken] y que, no se nos olvide, también somos fanáticos del fútbol. ¿Acaso en verdad se trata de nuestra nueva marca registrada, de nuestro más reciente y brillante sello de origen, el cual volvimos a comprar ése fin de semana?

Una nueva identidad “regia” claramente definida por intereses comerciales ya no muy locales, los cuales curiosamente, han hecho a un lado a esa asoleada y decolorada identidad “regia” asociada al trabajo arduo, al empeño y tesón que dieron forma a aquella reinera, pero hoy vetusta y simbólicamente relegada, sociedad industrial. Ahora son el consumo, la diversión y el éxito competitivos las líneas que dibujan el contorno [artificioso] del nuevo “regio” [promedio]; el consumidor-aficionado competitivo y triunfador que se proyecta a sí mismo dentro del escaparate del entretenimiento que ofrece el espectáculo deportivo [y de récord mundial], para ovacionar fielmente a sus equipos locales y vestir sus colores con apasionado orgullo.

Ahora sí se trata del “regio” globalizado, y ya no más aquella vieja identidad del “regio” [que también fue artificiosa], ese “regio” del rancho grande de ejemplar austeridad entregado al trabajo y fidelidad a su empresa, al ahorro y la familia. Tal pareciera que ahora esperamos, con más ansias que antes, que suene el silbato de salida para mudarnos de camiseta, nos quitamos la sucia y percudida camisola del jale y nos enfundamos, con energetizante gozo, la casaca de nuestro equipo de fútbol, para presenciar [vivenciar] como el jugador número 12, sus partidos, su promesa de triunfo en un ciclo ininterrumpido jornada tras jornada, temporada tras temporada.

Identidades van y vienen, acordes con los tiempos y con las facetas que van desarrollando las sociedades líquidas de la posindustria, de la posmodernidad, del capitalismo global, que sin embargo, no dejan de padecer sus defectos congénitos y dinamizadores, como los fenómenos violentos, los cuales afrontamos y a los que también nos adaptamos. Éste macro evento también fue muestra de ello. Multitudes de “regios” que se congregaron, como parte de una intermitente política gubernamental de centralización de los espacios y convivencia públicas -definida así por su añadido atractivo comercial de concentración de consumidores potenciales-, en lugares abarcables por las fuerzas de seguridad, en espacios de enorme aforo [esos de macro tamaño, también muy “nuestros”], como el Parque Fundidora, donde los aparatos de seguridad del Estado sí estuvieron en la posibilidad real de brindar la seguridad y resguardo que, en los recientes años, tanto suplicamos.

De esta manera el ciudadano [el consumidor-aficionado] quedó, tan sólo por unas cuantas horas, no sólo a merced de los oferentes sino también a la vista y control [vigilancia] del Estado. Así, afortunadamente, el impulso de consumo, la necesidad de diversión competitiva y la sensación de seguridad [tan deseados] pudieron nuevamente ir de la mano, aún en una época ya marcada por esos nuevos horrores que nos acechan.

En celebraciones como ésta, no es arriesgado decir que la enorme mayoría de los “regios” pretendemos ostentar todo eso que ya no poseemos o que ni siquiera tuvimos -¿progreso / riqueza / éxito / poder adquisitivo / abundancia / bienestar / seguridad / tradición?-, que probablemente ya no obtendremos y que tal vez nunca fue nuestro -aunque lo hayamos creído o sigamos creyendo-.

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En la celebración obscena del exceso, disfrazada de bendecida abundancia, evidenciamos de forma inversa, una vida cotidiana definida por una realidad marcada por la reducción de nuestros derechos laborales y sociales, por jornadas extenuantes de trabajo, por el desempleo y precariedad reales disfrazados de subempleo o de trabajo por cuenta propia, por la depreciación del salario y la consecuente disminución de nuestro poder adquisitivo, que paradójicamente, limita -pero no impide- nuestro acceso a los bienes de consumo y de entretenimiento.

Vida en la que ahora también somos, en la mayoría de los casos, atónitos testigos y en no pocos más, víctimas circunstanciales y estructurales de una generalizada crisis de la convivencia e interacción sociales pautadas por la violencia. Ésta última desatada por los seres humanos mejor adaptados -furiosos, voraces, rapaces e incontrolables- al mismo sistema económico, político y cultural global que los ha incubado, llámeseles na[r]cos o gente bien de cuello blanco.

Evadimos los estragos derivados de nuestra eterna pero siempre sobrellevable crisis sociopolítica, gracias a un hedonismo “patrocinado” claramente definido, dirigido y restringido [acotado] por empresas y gobierno, que disfrutamos en la autocomplaciente satisfacción que nos proporciona el formar parte del mundo “regio”, el de los ganadores. Mundo en el cual nos adulamos “en adecuada medida” a nuestros insustanciales logros, haciendo eventos magnos dentro de espacios macros.

Eventos en los que la élite empresarial local aplaude sus vínculos transnacionales pues hace años aceptó su inevitable venta [¿derrota, triunfo?] ante los poderes económicos globales, los cuales no le han arrebatado su tajada, pero si están desdibujando su histórica y vívida importancia como punto de referencia ideológica [palpable] ante nuestra sociedad regional. Sociedad periférica de la que sintomática y paulatinamente, la élite “regia” está dejando de ser avecindada.

Los “regios”, tanto las elites como los de a pie, tal vez buscamos con este tipo de festejos y festines soportar nuestro aparatoso fracaso ético y moral como sociedad y como individuos, tal vez porque siempre hemos aceptado, sin tanta tribulación, que se trata de nuestra eterna condena como miembros de una sociedad [civilización] intrínseca e irremediablemente contradictoria; lo cual, y por ello mismo, nos permite adoptar actitudes llanamente codiciosas, cínicas, indiferentes, indolentes, inconmovibles y superficiales aún ante nuestra eterna y naturalizada condición  ambivalente de crisis / crecimiento.

Condición que -después de asimilar con pasmosa incredulidad o delirante júbilo [dependiendo del grado de afectación o de beneficio] según sea el caso en turno- realmente nos es muy cómoda y hasta conveniente para disfrutar de un placentero fin de semana, aunque nuestro alrededor -nuestro pequeño mundo [rincón local de la periferia global], nuestro único mundo, el real- se desmorone por los impactos de bala y las explosiones de granada -cuyos destellos y estallidos realzan, como pirotecnia, el impositivo e ignominioso festejo de la lucrativa industria transnacional de la destrucción-.

Es por esto que, quienes no podemos escapar de éste lugar periférico y necesitamos preservar nuestra comodidad diaria sin perder nuestra cordura, nos concebimos [alineamos] como miembros de una sociedad que -aunque somos y nos sabemos diferentes [en orígenes, herencias, historias personales y colectivas, ideas y condiciones de clase]- debemos, pero sobre todo, ansiamos encajar en un mismo molde [por esa avasallante necesidad humana de identidad] que nos haga un espacio en el podio de la vida. Queremos ir en una misma dirección -que nos lleve al Parque Fundidora-, pues aspiramos con todas nuestras ganas, comprar nuestro boleto de entrada para asistir a otra fiesta más del éxito “regio”.

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Porque como “regios” de nacimiento o por adopción, deseamos, al igual que todos y al lado de ellos, protagonizar nuestro propio triunfo, vivenciar, compartir y ostentar -por momentos, aunque sean muy breves- nuestro personal sueño regio de ascenso económico y social, de victoria. Sueño prometido con forma de combo-promoción, en el que siempre comeremos carne asada, beberemos cerveza y, engreídos, nos divertiremos coreando campeonatos de fútbol y récords mundiales -ofendiendo a los perdedores [contrincantes ¿enemigos?]-, acompañados de otros “regios”; para formar parte de ellos, para formar parte de algo, lo que sea. Fiesta del éxito “regio” a la que sabemos, muy en el fondo -y con excepción de nuestras élites de gobierno y empresarial virtuales [ahora a distancia]-, nunca hemos sido invitados y no somos bienvenidos, por lo que intentamos acceder a ella con costos humanos muy elevados pero con pagos en cómodos plazos a meses sin intereses.

De esa manera creemos que nos han aligerado la pesada carga existencial que aceptamos llevar en nuestros hombros, pues como siempre hemos consumido [anhelado] estatus, hoy la diferencia estriba en que la balanza simbólica del sistema no sólo lo define a través de la acumulación [el enriquecimiento que el ahorro “hacía posible”] sino que ahora, tal vez con mayor énfasis que antes, se ha inclinado aún más hacia la idea de su aparente disfrute [de la satisfacción que proporciona la capacidad de consumo de una supuesta acumulación]. No se trata pues de demostrar que verdaderamente poseemos dinero, que hemos progresado, sino de exhibir que disfrutamos lo que el dinero ofrece, aunque en realidad no lo poseamos. Esta es la verdadera sustancia de nuestro éxito “regio”, de nuestra identidad “local”, es lo que en realidad celebramos en la megacarneasada. Pareciera entonces, que entre aparentar y simular hay un camino muy corto, y tal vez de ambos talantes se compone, en gran medida, nuestra esencia como “actores” sociales, políticos y económicos de cualquier nivel, posición o estatus.

Si de todo esto se trató la parrillada multitudinaria [donde todos proyectaríamos nuestras nada localistas expectativas de progreso y bienestar económico, de aparentar nuestro ascenso material y éxito social comiendo exquisitos pedazos de carne, en medio de un entorno seguro, tranquilo y sin preocupaciones, acompañados de la música que nos gusta, de cerveza bien fría, de convivencia familiar, y en la que también enalteceríamos nuestro récord mundial, gracias a esa “tradición e identidad” de ganadores que nos distingue y enorgullece], entonces y honestamente:

¿En verdad había algo qué reclamarle a la carne asada más grande del mundo, que no fuera sino otro más de esos espejismos “regios” que nos impulsan a seguir cruzando el inclemente desierto, los cuales en su hervor difuso, nos confunden y distraen de toda esa abundante profusión de significados y posibilidades que dan forma a su relieve de áspero e infértil aspecto, evitando así que nos percatemos y hasta haciéndonos olvidar que en sus veneros -hoy disfrazados de paseos ornamentales- siempre hemos sustentado nuestra sobrevivencia?

Y cuando despertó, el muro todavía estaba allí

por Joel MORALES

1. A propósito de la palabra, de pronto —y sin mediar alguna— apareció ahí: un muro que divide y hace desaparecer un área verde entre la Facultad de Filosofía y Letras y la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Sigue ahí. Desconozco las razones pero permanece. De la noche a la mañana el muro se convirtió en un ustedes y un nosotros. De manera simbólica, es un muro que no pregunta. Es un muro que representa la distancia entre quienes administran y quienes hacen uso del espacio público al interior de la Universidad.

En un principio, ese muro de pliegos de madera tipo triplay ofendió a algunos y a algunas; en otros casos, fue indiferente, como esa cotidianidad que se arrastra cuando hay que ir a la escuela: esa pesadumbre por asistir a clase, a ver qué se aprende. Al paso de los días, a alguno(a) de tantos estudiantes se le ocurrió manifestar y hacer latente —mediante la palabra escrita— una idea: tomó como lienzo ese muro que ofendía y desaparecía al mismo tiempo. Y sobrevino la catarsis. Poco a poco y de manera gradual, el muro se convirtió en ese espacio público, otro distinto del que usurpaba: la negación de un lugar se convirtió en la creación de otro a través de la imaginación. Síntoma quizá de su ausencia, las y los estudiantes hicieron de la ofensa [no intencionada] un espacio de expresión. Al principio, apareció la literatura, los versos, las frases cortas, declaraciones de amor. Espontáneos de la palabra que buscan un espacio para decir lo que no encuentran, quizá en el ámbito académico, familiar, amoroso, laboral o en la vida cotidiana simplemente. Los muros tienen la palabra, decían en el mayo francés. Tapiz de ideas, manifestación colectiva de la espontaneidad… El Muro dejó de serlo: se volvió radiografía de ideas y, de botepronto, así como apareció se desvaneció en el aire. Una carga simbólica de autoridad se transformó en la palabra juventud y devino comunidad estudiantil. Una comunidad imaginada en el trazo. Reconocerse en la colectividad que permite el muro otorga identidad: la manifestación. El graffiti es la apropiación de lo que se ha negado —la palabra. De pronto, devino crítica: la palabra entonces comienza a ser utilizada para cuestionar, para preguntar. De la espontaneidad del muro, del aspecto lúdico en la expresión de frases, desde la posibilidad del anonimato aparece la leyenda, la consigna… y las palabras toman peso. Calan. El muro ya no es el muro: es nuestro muro.

2. En días pasados asistí a una presentación de los proyectos que realizaron jóvenes, convocados por un instituto de juventud del área metropolitana de Monterrey. La cita fue en el área de Cumbres; ahí encontré a muchas y muchos jóvenes entusiastas por hacer patente su energía, su liderazgo, el esfuerzo por demostrar tantas cosas que están haciendo.  Como podía leerse en la carta dirigida a los participantes del encuentro, esta convocatoria logró reunir a “jóvenes emprendedores sociales”, con la intención de que “las y los líderes expongan sus proyectos ante un grupo de jóvenes que por su experiencia, puedan aportar y aprender de recomendaciones y observaciones importantes para el fortalecimiento de sus organizaciones”.

Aquí entramos al panorama acerca de lo que está haciéndose desde la política pública respecto a la juventud, o con ella. La dinámica del evento se centró en la exposición de los resultados de los proyectos. Para ello, la “juventud líder” fue distribuida en cinco mesas de trabajo, en diferentes aulas del edificio, donde cada grupo planease la exposición de su proyecto. Un grupo de teatro, instructores de inglés, asistencia social, organización de quinceañeras, parkour, talleres de capacitación, entre otros, fueron las experiencias dadas a conocer.

El tenor en la mayoría de ellas fue el del asistencialismo social. Jóvenes emprendedores que buscan “concientizar” a otras y otros jóvenes para ser “emprendedores”. Agentes motivacionales para sacar de una presunta pasividad a la juventud. Me llamó la atención un grupo de jóvenes estudiantes de una universidad privada de la ciudad de Monterrey: realizan trabajo comunitario en colonias marginadas, al norte. En voz de uno de sus integrantes, pude escuchar que lo que hacen les ha servido para aprender que la gente vive en la pobreza como si fuera un estado de comodidad; en respuesta, les ofrecen una serie de valores que les ayuden a salir de su zona de confort… Y en esa línea se manifestó la mayor parte de los líderes de proyectos ganadores en la convocatoria ahí presentes.

Ésa es la juventud que está promoviéndose desde una institución municipal que usa los recursos públicos para el desarrollo de proyectos. Esto puede servir para ilustrar el alcance de este tipo de convocatorias. El uso de los recursos públicos obedece a una serie de lineamientos en aspectos que van desde la transparencia, el uso eficiente y una distribución responsable de los mismos. Entonces, podemos entender que una política pública implica tomar una serie de decisiones a la hora de la asignación de recursos, o a la totalidad o a una parte de la población. Un tipo de razonamiento que asigna una serie de valores a esa parte de la sociedad a la que van dirigidas las acciones, implica confiscárselos a otra.

Es este grupo poblacional —la mayor parte de las y los jóvenes beneficiados con  recursos públicos— el que lleva a la práctica un tipo de racionalidad fundada en lo que Slavoj Zizek denomina como los “comunistas liberales”: una especie de personajes que buscan ayudar a resolver problemáticas sociales colocando en la antesala del problema hacer de todo, para no resolver nada. Es decir, lucrar con la pesadumbre del prójimo en aras de sacar el mayor provecho, una especia de plusvalía de la presión: encontrar en la pobreza el máximo de ganancia. El reto para los “comunistas liberales” es una suerte de acción que les permita ganarse un pedacito de cielo y no sentirse tan culpables por las desigualdades sociales.

Eso se muestra en el lenguaje. El discurso que se hace notar durante el evento se centra en la aparición de “líderes” juveniles que busquen generar cambios en la sociedad. Repetitivo es el uso de la palabra “concientizar” entre quienes expusieron sus actividades. Quizá eso pueda darme una muestra de lo que en el fondo está buscándose desde una política pública dirigida a jóvenes: líderes que vayan reproduciendo el discurso que las autoridades generan desde las administraciones en los diferentes niveles de gobierno. Jerarquizar. No es difícil pensar que los funcionarios públicos estén pensando en jóvenes dóciles, fáciles de manipular, y a los que concederles el beneficio de un presupuesto público los convierta en sus empleados temporales.

Porque de lo único que pude darme cuenta es que, si bien existe este tipo de iniciativas juveniles, la mayoría de ellas están totalmente ajenas a la realidad tan compleja que se presenta en nuestro país, y muy pocas —quizá cinco— abordaron temáticas como el desempleo, la violencia, la diversidad que se presenta entre las y los jóvenes de la ciudad. Las y los jóvenes críticos —algunos de los cuales se han manifestado, por ejemplo, en el movimiento #YoSoy132— no aparecen en el radio de influencia de esta convocatoria. Tampoco la juventud excluida y acallada que en algún momento realizó la “Destrucción visual” en calles de la ciudad de Monterrey, mostrando una autonomía en cuanto a organización y utilización de recursos. En este sentido, cuando las y los jóvenes cuestionan el status quo en la ciudad, de una u otra manera van siendo cooptados por una serie de programas desde las instituciones públicas… para el silencio o para la adulación. Se ha demostrado en los últimos 15 años cómo diversas instituciones han desarrollado programas para adaptar diversas manifestaciones juveniles a los parámetros burocráticos: desde la música vallenata utilizada para amenizar eventos en colonias populares, el apoyo a creadores artísticos con el otorgamiento de becas o la incorporación de manifestaciones urbanas de graffiti a salas de exposición.

Y ésa es la paradoja: la acumulación de experiencias desde el servicio publico respecto a  las y los jóvenes va perfilando un rostro a manera de contenedor. Los programas y proyectos dirigidos a las y los jóvenes se muestran como una forma de aletargar las posibilidades de que este sector de la población dé muestras de organización y autonomía. Aquellas experiencias que existen se mantienen  casi en en ámbito del anonimato, si no fuera por las redes sociales —alimentadas en gran parte por este sector. Difícilmente podemos encontrar programas o proyectos que promuevan el cooperativismo o el asociacionismo entre grupos o colectivos juveniles, mucho menos acciones desde la administración pública que favorezcan la autonomía de estos grupos como una forma de promover acciones participativas desde la perspectiva de los mismos jóvenes.

En el caso particular que convoca este texto: la comunidad estudiantil organizada, cuya existencia original es refractaria a una autonomía universitaria por ello mismo desmentida… Me parece que no se conoce la dinámica que guarda en la actualidad este sector de la población; y se considera que sólo existe un tipo de juventud. En Monterrey existen pocos espacios para ese otro tipo de jóvenes, para sus propuestas y las alternativas que generan a sus problemáticas —muchas de ellas, concernientes a todos. De entrada, no existen espacios dirigidos específicamente al sector juvenil en el que se presenten manifestaciones artísticas que posibiliten el análisis de lo que sucede en su entorno: centros culturales, bibliotecas, centros de cinematografía, música, teatro, etcétera. Si bien es cierto que hay una serie de espacios en el área metropolitana, no hay uno que focalice sus programas hacia el sector juvenil.

3. En referencia a lo que en estos días ha sucedido en la ciudad, principalmente en cuestiones que tiene que ver con jóvenes, me permito apuntar algunas consideraciones. En primer lugar, es evidente la violación a la libertad de expresión al interior de la Universidad. Estudiantes detenidos por manifestar una opinión mediante un placazo, en el patrimonio de la Universidad. En segundo lugar, quienes en este momento se rasgan las vestiduras por la violación al principio de autonomía… asumiendo su pasividad, deberían estar realizando una operación de añoranza. En tercer lugar, y para quienes de manera aventurada manifiestan que ha sido toda una acción orquestada contra integrantes de un grupo estudiantil que cuestiona el proceder de la Universidad, tengo una lectura diferente: las interpretaciones que se han hecho no guardan una justa dimensión respecto a lo que se considera como juventud. Considero que lo sucedido parte más de la ignorancia que tienen las autoridades —no sólo de la UANL— respecto a las y los jóvenes.

Hay una gran distancia entre el sentir, pensar y actuar de las y los jóvenes universitarios y la idea que de ellas y de ellos se tiene desde las administraciones de dependencias y facultades universitarias. Y ese es un síntoma a nivel nacional: la política pública relacionada al quehacer juvenil se mantiene alejado del sentipensar de jóvenes.

Por lo regular, desde la alta burocracia y desde el ámbito académico se piensa en un sólo tipo de juventud, la que se presenta ante el televisor y ante los medios, ante la opinión pública. Pero existe una juventud invisible: la de las y los que analizan y cuestionan el mundo que les rodea y la de quienes, por razones familiares y/o económicas, también lo hacen pero están lejos del acceso al mundo que les presenta: sin historia y sin futuro. La mayoría de la juventud se presenta ante una realidad inasible, proceso que a algunos de nosotros nos alcanzó hace 15 años y que, a la fecha, se ha agravado: la denominada “flexibilidad laboral” ha resultado en ausencia de derechos laborales, incertidumbre, precariedad, etcétera.

La juventud puede verse desde otra óptica, desde una perspectiva ajena a la ignorancia. Lo sucedido en estos días a estudiantes universitarios, sí, es indignante, por supuesto, pero es el resultado de lo que se ha permitido: una formación académica tradicionalista, bancaria en palabra de Paulo Freire, en la que las y los estudiantes se han convertido en receptores de información y no en generadores de conocimiento. La universidad es una maquiladora de información. La autonomía está en las vitrinas. ¿Acaso estará en la junta de gobierno? Por favor.

No existe programa o proyecto en el estado —desde la administración pública o desde alguna instancia académica— que analice, investigue o atienda al sector juvenil de la población. No hay un planteamiento serio para la atención de la diversa población juvenil; a lo mucho, una serie de acciones desconectadas, a la deriva, carentes de un accionar al mediano y largo plazo.

4. El viernes 14 de septiembre de 2012 estuve en la manifestación en la entrada principal de la torre de rectoría de la UANL. Desde lejos, puede verse que, sí, efectivamente, la juventud es más que una palabra —y ellas y ellos lo saben. Me pareció interesante ver de todo tipo de estudiantes: mujeres, hombres, activistas y, si me permiten la expresión, estudiantes comunes y corrientes que, hasta hace días, ajenos a su entorno inmediato, aparecieron gritando consignas, apoyándose mutuamente, saliendo del anonimato: el muro se transformó en espacio público. El interés por los asuntos públicos se transformó en una asamblea, una asamblea estudiantil. Y entonces apareció la organización: algunos jóvenes colocaron una lona de material plástico para crear un nuevo muro y, efectivamente, en poco tiempo, esa lona fue tapizada de manifestaciones de rechazo, de lucha, de organización. Otros, levantaban cartulinas escritas in situ sirviendo a la ocasión; muchos más levantaban evidencias videográficas sobre el acontecimiento. El ánimo no decayó. El muro tampoco.

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Lo aquí narrado es el registro de algunas charlas informales que sostuvimos con habitantes del municipio de Linares. Nos pareció significativo romper con la inercia de la omisión y decidimos escribir este texto con el único afán de rescatar unas cuantas impresiones que la gente del pueblo refiere en lo cotidiano. Recuperar y legar estos registros de lo humano, es también —presentimos— una manera de incidir y resistir a un contexto social que cada vez resulta más difícil de sobrellevar.

*Heriberto y Elvira son nombres ficticios.

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El municipio de Linares está ubicado al sureste de la ciudad de Monterrey; es un municipio enclavado en la región citrícola de Nuevo León. Al igual que Allende, Santiago, Montemorelos, Cadereyta y China, es  una población que desde hace aproximadamente tres años se ha convertido en campo de batalla de narcotraficante antagonistas. Debido a que las dos principales agrupaciones delictivas se disputan el control de la autopista Monterrey-Linares (vía neurálgica para el trasiego de droga hacia Tamaulipas), la permanencia de este tipo de grupos ha sido incesante. Los cárteles se han asentado en el pueblo y han logrado penetrar su tejido social. A pesar de ser un poblado relativamente grande (con aproximadamente 78,000 habitantes), y  a diferencia de Allende y Santiago (localidades más pequeñas pero que se entienden así mismas como metropolitanas), en Linares  aún persiste un estilo de vida acompasado, con un tipo de sensibilidad más sosegada. Al igual que Montemorelos y Cadereyta, poblados con quien comparte condiciones similares, a Linares lo han trastocado violentamente y los han convertido en un pueblo temeroso. La violencia, los secuestros, las extorsiones, pero sobre todo la indiferencia (de todos) han marcado un rumbo nada esperanzador para el otrora pacífico pueblo de Linares.

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 No sabemos a qué va a llegar todo esto

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Heriberto dice que se acaba de cumplir exactamente un año de la balacera en la plaza principal del pueblo. Me muestra las calles por donde se dio la persecución: son alrededor de quince cuadras que cruzan de un extremo al otro la zona centro del pueblo. Él todavía recuerda el rechinido de llantas, el sonido de los disparos, las puertas atrancadas y las calles desiertas; luego, me describe, lo que más le caló fue el silencio, nadie sabía nada y nadie se animaba a salir. No hubo pronunciamiento de las autoridades por la radio o la televisión y, aunque había helicópteros militares apostados en Soriana, en las noticias aseguraron que las cosas habían vuelto a la normalidad. Al día siguiente, los imponentes operativos militares y las paredes agujereadas eran pruebas contundentes de que Linares definitivamente no volvería a ser el mismo. En el enfrentamiento tal vez murieron más de los que oficialmente declararon, pero lo que causó más terror e incertidumbre, fue el levantón de al menos seis tránsitos de la localidad, que a la fecha, siguen sin aparecer.

Conforme avanzamos unas cuadras, Heriberto me va trazando un mapa macabro: acá desaparecieron a un doctor que ya no volvió; aquí vivía un comerciante que tuvo que cerrar sus negocios y escapar del pueblo después de que lo secuestraron; allá levantaron a tal; a aquél sí lo soltaron; a éste ya lo amenazaron; ése mejor se fue porque lo andaban cazando.

Los secuestrados la tienen difícil porque, me comenta, en seguida de que los secuestradores los liberan, el ejército va por ellos y los retiene durante un mes para sacarles información (y darles “atención psicológica”). Y ya libres deben de cuidarse de que no haya represalias por parte de los delincuentes. Heriberto saluda a casi todos con los que cruza mirada: calle con calle la lista crece y parece no tener fin; más de la mitad de las personas que conoce tienen parientes o amigos cercanos que han sufrido extorsiones. Él mismo expresa haber experimentado el caso de un compañero de trabajo que ya no apareció; narra que al menos hay 150 desaparecidos (un número demasiado grande, afirma, según la relación de habitantes) y que la mayoría son retenidos por dinero, y unos cuantos por rencillas. En la localidad se siente una sensación de intranquilidad, nadie está a salvo; Heriberto reflexiona y presiente que no se da a conocer ni la tercera parte de lo que sucede en la comunidad.

Dan las nueve de la noche y nadie sale de su casa, el pueblo se vacía; si bien, hay algunos esfuerzos por reconstruir el tejido social y volver a ocupar los espacios públicos, en Linares persiste la paranoia y difícilmente cambiará el panorama a corto plazo. Heriberto asevera que la población se encuentra atemorizada y que muchos ya se han ido; según atestigua, en los pueblos se padece la inseguridad de una manera distinta: mientras que en la ciudad los individuos se “pierden” por falta de cercanía, en los poblados casi todos se conocen y saben muy bien quién anda en qué; por ello, la psicosis se incrementa exponencialmente: la gente ya no quiere hablar ni se anima a convivir libremente.

En octubre del año pasado se asentó otro duro golpe a la ya de por sí vulnerada confianza de los ciudadanos; la detención de 250 policías del municipio acendró aún más la percepción de indefensión en los pobladores. Heriberto lamenta la situación y asegura que la presencia de los  militares no ha cambiado nada, asienta que, o no traen inteligencia o de plano no quieren hacer nada. Lo único seguro, cavila, es que no se sabe a qué va a llevar todo esto; lo que sí, confiesa, es que ya se están cansando de andar con el miedo a rastras.

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Si me voy es porque ya no se puede

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La señora Elvira me narró nerviosa y rápidamente por qué tenía que irse del Linares: hace unos meses tuvo que cerrar su pequeño negocio de artesanías ya que le cobraban piso y le era imposible pagar lo que le pedían.  Eran constantes las llamadas para amenazarla y nunca denunció porque tenía miedo de que le fuera a ir peor. Sólo pude estar unos minutos con ella debido a que, afirmó, tenía que salir corriendo a preparar unas cosas. Elvira se notaba apesadumbrada y después de unos instantes me reveló que la mayor parte de su familia ya no reside en el pueblo. Hace unas semanas le secuestraron a un pariente lejano y, aunque suene paradójico, tuvo la mala fortuna de haber sido liberado por los militares antes de que sus familiares pudieran pagar el rescate. Como ella es el único vínculo que quedó en la zona, ahora la someten por dos frentes: le exigen el piso y, además, la instigan para que pague la cuota por la “liberación” de su pariente. Es por eso que Elvira tiene que irse de su tierra, porque, la cito: aquí ya no se puede vivir así, si me voy es porque ya no se puede…      

Monterrey

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1. Si el temor a la violencia inunda la ciudad de Monterrey, es porque las instituciones, las organizaciones, los hogares, los cuerpos, los rostros, expresan un temor más profundo: el temor a la política. La acción política ha perdido su raíz en esta ciudad, desacreditada por el desprestigio de la política partidista y por la concepción errónea de lo político como una lucha de intereses en la que todos los medios son legítimos. El desprestigio de la política ante los ojos de la sociedad civil ha sido una estrategia de los grupos en el poder (en el estado, en los municipios, en las colonias, en las universidades, en los espacios de trabajo) para conservar su poder y mantener a raya la voluntad ciudadana.

2. La sociedad civil, sospechosa y desconfiada de la política, de la política que ella misma podría hacer, no logra desprenderse del prejuicio que ha aprendido a semejanza del perro obediente que espera la carnaza. Siente un ansia por actuar, pero un circuito instalado en su interior le detiene. El malestar experimentado obliga a los ciudadanos a buscar vías de acción que no entren en conflicto con los mecanismos conservadores y autoconservadores de la sociedad y de las personas.

3. La sociedad regiomontana ama el espectáculo, el juego, los deportes y la diversión, como todas las sociedades del mundo. Pero especialmente aquí el amor es desmesurado en la medida en que la represión es desmesurada. Las expresiones y las costumbres lo revelan con suficiencia: la ciudad donde más se consume la coca-cola light, en su momento la ciudad con más parabólicas, la mejor afición de México a los equipos de fútbol, etc. Por el contrario, una de las ciudades donde, en proporción a las dimensiones, hay menor producción cultural, científica y artística. La producción crítica del arte, las ciencias sociales y las humanidades es claramente sustituida por la producción acrítica de los medios masivos de comunicación, los espectáculos, las marcas y las modas. Monterrey: una ciudad donde la “crítica” la ejercen los comentaristas deportivos. Una ciudad de los “Chavana”, los “don Rober”…

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4. Orgullosos y confiados de su legendaria afición al trabajo, a la producción, a la industria, los regiomontanos ─como los gringos, creídos del american dream─ no se han dado cuenta de que durmieron por décadas y que soñaban un bello sueño. Apenas ahora que han muerto miles, comienzan a abrir el primer ojo que sigue pegado con lagañas secas, y no deciden si seguir entregados al placer o lavarse la cara. Como los niños que no quieren ir a la escuela, muchos continúan deseando seguir dormidos. La realidad ─los seres humanos siempre lo han sabido─ es dura y difícil de soportar. No falta quien rentó un cuarto de hotel, de preferencia un hotel extranjero, para seguir bailando y riendo, o seguir cuchicheando del terror en la seguridad y el confort del hogar.

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5. “No es fácil.” Todos lo repetimos. “No, no es fácil.” Por eso sólo los más adelantados, los más arriesgados e intrépidos, convencidos de que continúa abierto el último venero de vida sobre el que se levantó Monterrey, y cuyo monumento más perfecto es el Parque Fundidora con su ancestral ojo de agua de Santa Lucía, se atreven a levantar la voz (aunque sea virtual). Pero no es fácil, y, por ello, de los diez o cien o mil que levantaron la voz casi todos eligieron el camino de las pequeñas luchas. Las pequeñas luchas son el origen de las grandes. Ninguna acción legítima y auténtica puede ser despreciada. Sin embargo, en Monterrey sucede un fenómeno paradigmático: las pequeñas acciones, las acciones civiles, muchas veces son elegidas como una forma de evitar el compromiso político. Son la acción autoaduladora, son el disfraz comunitario y altruista del egoísmo y la falsa conciencia, son la forma de taparse los oídos y repetirse “pero yo sí hice algo”. Las acciones pequeñas esponjadas por la moda de lo micro- , el dejá vù de los talleres culturales y las revistas periódicas, los tibios artículos periodísticos, las invectivas de los académicos en el aula a manera de confesionario, los happenings y los performances desarticulados y acuartelados en la imprecisión de los conceptos y la ambigüedad de los símbolos, todas esas acciones muestran una cara oscura pero real de simulación.

6. En Monterrey la sociedad civil es esencialmente simulacro. El temor a la acción real, el temor paradójico de la sociedad civil a sí misma, a su acción política, la lleva a actuar de una manera simulada y autocensurada. El ciudadano crea el simulacro de sí mismo, es decir, simula ser ciudadano y actúa como si no quisiera que sus acciones tuvieran todas las consecuencias que podrían tener. Actúa para conservar. La transformación misma es un simulacro que hace efectiva la conservación.

7. La acción política ciudadana hace sentir escalofríos a la sociedad regiomontana; es su zona de terror, por cuanto es también su antagonismo más profundo, aquel en el que los individuos temen convertirse en lo que rechazan. Temen ser la izquierda y, lo que no es lo mismo aunque creen que lo es, temen ser radicales.

8. El temor a la identificación con el contrario es un fenómeno generalizado en la política mexicana. Es facilitado por la falta de claridad de los conceptos de “izquierda”, “centro” y “derecha”. Estos conceptos ideológicos por naturaleza son abstractos, como abstractas son las clasificaciones. La ideología le impide al político de “izquierda” o de “derecha” defender cualquier principio que asume su contraparte sin reflexionarlo objetivamente. El problema es que esas abstracciones son consideradas por los políticos y por los ciudadanos (¡aún peor es que lo hagan los ciudadanos!) como la base de sus actividades políticas. Erradicar esos conceptos no significa, sin embargo, ser neutrales, sino al contrario, permite una radicalidad auténtica.

9. Para la mayoría de los regiomontanos la acción política civil es sinónimo de izquierda, y la acción política de derecha es sinónimo de burocracia y estatismo. La fuerte arteria liberal que conecta los miembros de la sociedad regiomontana le impide identificarse con cualquiera de estas posibilidades, y sobre todo con la primera. La contradicción intrínseca de esta sociedad es su autocensura política, autocensura que nace del temor a parecerse a lo opuesto, esto es, lo opuesto al empresario, al negociante y al comerciante, al hombre entregado a la comodidad y el disfrute tras la larga jornada de trabajo o enriquecimiento, que sólo obedece las leyes, las modifica o las elude a conveniencia con el gesto cínico del respeto a la legalidad.

10. Este es el mismo gesto cínico de los liberales y neoliberales que defendiendo el estado mínimo, no dudan en pedir mayor intervención del estado con tal de verse favorecidos en sus negocios. ¿No sucedió así con el parque La Pastora? Como todas las ideologías, el liberalismo y el neoliberalismo son las máscaras con las que ocultan la pulsión avara y depredadora que caracteriza al capitalismo… regiomontano. Y aun los que no muestran esa codicia, aun los que no tienen la posibilidad o el deseo de explotarla, creen en ella.

11. El regiomontano cree que el empresario que no es, es él. Se identifica con el sueño que no es de manera inmediata, es decir, aunque no sea un empresario vive como tal, vive de acuerdo con sus valores, persigue su estilo de vida, sus costumbres. El empresario es el arquetipo de la sociedad regiomontana, aún cuando no es necesariamente su realidad. En esa medida, la sociedad en Monterrey es también profundamente conservadora. Vive para conservar el brillo de los otros, de aquellos que construyeron el mito que ahora ella misma encarna. Si se atiende a la clásica distinción entre el individuo, la persona y el ciudadano, en Monterrey no sólo los ciudadanos son simulados, sino también las personas. La mayoría trae puesta la máscara del empresario industrioso y se disfraza con su moral.

12. Si el Cerro de la Silla es la Escila y el de las Mitras la Caribdis, el canto de las sirenas que seduce a los empresarios son los sonidos del bosque de Chipinque y Olinalá. Pero los empresarios están atados a sus chimeneas humeantes y a la obediencia de los trabajadores que se tapan los oídos con tal de seguir trabajando en cualesquiera condiciones, pues les han dicho los patrones que el trabajo es el camino a la felicidad, es la demostración de la valía humana, de la utilidad. O lo que es lo mismo, “el carro que tienes es la medida de tu valía”. En Monterrey y en el mundo, el trabajo es… dinero, no valor.

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13. Se comprenderá la tristeza que produce el que los regiomontanos estén siendo privados de sus automóviles y bienes por la fuerza. La violencia en Monterrey no es principalmente abuso de poder, impunidad o corrupción, sino despojo de la dignidad, de la dignidad que nos da el dinero. Los seguros privados, el modelo y el fundamento del estado neoliberal, se convierten por tanto en la asistencia social que el gobierno no puede satisfacer. Carecer de seguro de accidentes, de vivienda, de vida, de automóvil, etc., es carecer de fundamento ontológico. En otras palabras, el que no tiene seguro, no asegura su trabajo y de la noche a la mañana puede no ser nadie. En Japón, la respuesta al fracaso es igual de existencial, el suicidio. En Monterrey, el fracaso nos acompaña al otro mundo. Para muchos, su epitafio se escribe en la nota roja.

14. Cuando en la sociedad regiomontana se habla de altruismo, es porque los empresarios avientan el dinero al aire desde las chimeneas a las que han sido amarrados. Quieren creer que de esa forma están un poco del lado de los que son dominados y ellos quedarán redimidos. Pero ya es muy tarde, pues la maquinaria está funcionando: ellos atados, los trabajadores sordos y amaestrados. Un engrane fuera de lugar traerá el cataclismo temido, la debacle económica, el Armagedón del mundo conocido. Pero el ser humano teme a lo desconocido y, por tanto, pobres y ricos, obreros y empresarios, delincuentes y justos, malos y buenos, flojos y trabajadores, disponen mantener y cuidar conjuntamente al aparato. No es una decisión, su funcionamiento los obliga y se creen realmente obligados, lo asumen como su deber. Es su deseo, pero no son dueños de sus deseos. Éste es su altruismo.

15. Un panorama desolador se ofrece en Monterrey. El desierto se ha extendido tanto que abarca hasta la esfera de las ideas y los medios no directamente materiales. El desierto tiene nombre. Se llama televisión, Multimedios, TV Azteca Monterrey y Televisa Monterrey. ¿Qué mejor que esta aridez para confirmar que la sociedad regiomontana es conservadora? ¿Qué mejor que los canales locales para observar que en 20 años no ha corrido un solo hilo de agua por las colonias de la ciudad y que la gente sigue viendo al mismo suelo como si fuera algo nuevo? La misma muñequita 20 años mayor, el mismo presentador 30 años más decrépito, o la nueva botarga 20 años anacrónica. Este olor a añejo que encuentra su paradigma estético en los comerciales del Pollo Loco y Las muñequitas, es el síntoma de una doble enfermedad: el uso de la televisión como forma de mantener la ignorancia de las clases bajas y la ineptitud de los comunicadores que durante décadas se han conformado con la imitación.

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16. Una televisión de las clases bajas que a medida que crecen las nuevas generaciones se convierte en el modelo de cultura popular de la ciudad. Ahora, las raíces populares, en las que tradicionalmente se había sostenido el orgullo de ser regiomontano, no son conservadas por los vínculos sociales, sino por el sándwich sin mayonesa que –a imagen y semejanza del gobierno– entregan los medios de comunicación a los espectadores, con el argumento de que eso es lo que les gusta. En Monterrey, el juego de prestidigitadores que practican los medios de comunicación, en el que el espectador no sabe si ve lo que quiere o lo que le mandan ver, es ante todo una estrategia de estratificación social que se anuda la corbata con la falacia de la adoración de las tradiciones. La televisión local es su monumento.

17. La estrategia de mercadotecnia que ha intentado identificar a la ciudad de Monterrey con su empresa cervecera local, involuntariamente se convierte en la autodefinición de los medios televisivos: en Monterrey adoramos las tradiciones. Cuando el espectador regiomontano presencia el mensaje en los cortes comerciales, el canal dice: Yo Multimedios, Televisa, TVAzteca, soy la tradición: no hace falta cambiar: “tú y yo somos uno mismo”.

18. Desde que el temor a la política se convirtió en la oración que le da sentido al altar, la identidad se trocó en laberinto de espejismos. Las campañas publicitarias y los comerciales televisivos son la representación perceptiva de ese laberinto de la identidad regiomontana. La carne asada y la cerveza de los fines de semana, el machacado y el cabrito, que orgullosamente han caracterizado a los regios y que se han querido ver como uno de los reductos del sentimiento del pueblo neolonés, evidencian la pobreza de ese sentimiento incapaz de afirmarse a través de otras costumbres y prácticas verdaderamente colectivas. La identidad de los regiomontanos sólo se encuentra en el sentimentalismo y la emotividad estériles para la construcción de la ciudadanía y del pueblo. Por ello, tiende a la adopción de símbolos doblemente vacíos: la carne asada de los fines de semana como paliativo y evasión del tedio laboral de la semana, pero sin ninguna función real de integración familiar o social; las carnes asadas de los comerciales de televisión dirigidas a enganchar el consumo al sentimiento de identidad. “Nanana…nananana… Eso sí, las tradiciones son las tradiciones”.

19. La imitación es el principio de esta cultura. Imitar el formato de los programas deportivos, imitar los contenidos de los noticieros, imitarse unos a otros sin fin. Las formas son fórmulas, y el final del círculo lo siguen buscando caminando por la circunferencia. Los canales, los programas, los conductores, son la repetición infinita de las imágenes en dos espejos paralelos. En Monterrey, la identidad carece de diferencia. Esta tendría que ser la sentencia de muerte de los medios televisivos locales. Sin embargo, está sujeto a la contingencia del viento que pueda empujar a la sociedad: la expansión de la competencia a través de nuevas tecnologías de comunicación y la necesaria renovación de la oferta local, es decir, una repetición de lo mismo pero a una escala mayor; o la exigencia de la sociedad de una transformación de los medios comunicación locales. Pero mientras ocurre tal contingencia, la cultura de Monterrey es el espejo, la imitación.

20. La identidad que se busca conservar en Monterrey ya está lejos de la identidad que constituyó la ciudad y el estado. No es siquiera la identidad de los fines de semana, es la identidad de los comerciales, la identidad que los medios le venden a los regiomontanos y que ellos, orgullosos, la aceptan. Buscan conservar, pero conservan una ilusión, la ilusión de que son algo, la ilusión que encuentran en un comercial.

21. Del otro lado de la loma y en las montañas, algunas montañas, la identidad se siente de otra manera. Es la identidad que encuentra en el dinero la libertad para imitar. La alta cultura de Monterrey es libre de imitar de una manera cosmopolita: imita la cocina gourmet, la música mundial, el training, la cultura emprendedora, las lenguas, etc. Si se quiere, sigue las modas. Las clases alta y media-alta se sienten poseedoras de un pequeño aleph que los conecta con todo el mundo. Esa es la otra identidad también en fuga.

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22. En Monterrey, la universidad ha funcionado demasiado bien para silenciar y oprimir la crítica. Ha sido una de las armas más efectivas para despolitizar a la sociedad civil y a las clases a través de la represión de los jóvenes. Esta represión no necesitó ser violenta más que hace décadas. Ahora, viene desde el vientre de las madres y la mentalidad de los niños. En la universidad ser apolítico es ser buen estudiante, no intervenir en las reglas de una sociedad gobernada por adultos mayores pero poblada por jóvenes. En Monterrey, Chile es una utopía. Los estudiantes rara vez saldrán a las calles, y, cuando lo hagan, los maestros no lucharán a su lado. En Monterrey los profesores no luchan por las demandas estudiantiles, ni por las suyas propias. Los maestros son los primeros temerosos de la política verdadera; se lavan la culpa que sienten por la decadencia del sistema educativo repitiéndose a sí mismos que como profesores, como empleados, no deben luchar por un modelo educativo. La educación es para ellos lo que el contrato es para los empleados: no un proyecto nacional ni un proyecto humano, es un manual de las funciones del empleado.

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23. La UANL es autónoma y democrática. Esta es la falsedad con la que se disfraza la burocracia universitaria, tal como el estado mexicano se disfraza del IFE y de los Poderes de la Unión. Los estudiantes son estimulados en su formación política, en la participación democrática y la representación de sus intereses a través de los consejos estudiantiles. Todos los estudiantes que han recorrido ese camino saben que es una fachada y conocen el sistema de reclutamiento o de desarticulación que pone en práctica la Universidad a través de estos medios. Ante este sistema desarticulado de participación y formación política universitaria, aparece el modelo empresarial de las universidades privadas, esto es, el del emprendedor. De este modelo, práctico por excelencia, pero escasamente crítico, no surgirá ningún riesgo para el sistema y la sociedad: los “chicos” TEC y UdeM nunca se enfrentarán al ITESM ni a la UdeM. Esta es la política juvenil que se desea en Monterrey.

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24. “Nuevo León no quiere el cambio, pero el cambio quiere a Nuevo León”. Éste podría ser el eslogan que describa la inminente acción que tarde o temprano sucederá en Monterrey y en el estado (junto con México). La pregunta es ¿desde dónde, en qué sentido y con qué profundidad ocurrirá? ¿Quiénes serán los actores? ¿Cuáles serán los problemas que se resolverán? ¿Será un cambio para la conservación o un cambio para la transformación? Podemos considerar, sin temor a decir que somos realistas, que la solución a la condición de la ciudad no será radical, sino desde posiciones acomodaticias y fuertemente arraigadas en la cultura local. Es decir, la solución a problemas como el de la violencia o la corrupción, que no la transformación social o política, vendrá de los grupos de las clases medias y altas, grupos conservadores, pero amenazados en su bienestar.

25. La pregunta que los regiomontanos tienen que formularse es ¿por qué no ha surgido una respuesta desde la derecha o desde una derecha progresista light? O de otra manera, ¿por qué los valores y las costumbres que le daban seguridad e identidad a los ciudadanos regiomontanos, ya no lo hacen? Y ¿por qué esos valores y costumbres no han servido para actuar en una tierra donde impera el pragmatismo?

26. No se puede considerar que las recientes muestras de movilización ciudadana, algunas más radicales que otras, son los inicios del fin de la situación que vive Monterrey. Los mecanismos represores aún son demasiado grandes y fuertes desde el exterior y el interior de esos grupos ciudadanos. Por otro lado, en su apolitización histórica no saben cómo actuar. Es cierto que la acción política se aprende en la marcha, sólo que la marcha será más larga. Es probable que una transformación social radical en Monterrey sólo sea muy lenta y gradual, o que se postergue por décadas.

27. Históricamente, en las naciones ha habido movimientos políticos hegemónicos desde la derecha que tienen fines conservadores. En Monterrey es probable que surja un fenómeno de este tipo y, por tanto, que los problemas que apremian a esta ciudad se resuelvan a través de grupos con esa orientación. En consecuencia, la transformación radical se tornaría en lo que la sociedad quisiera que fuera: una ilusión. En tal caso, la refundación política de los ciudadanos correrá el riesgo de convertirse en “el porvenir de una ilusión”, en la reconquista punitiva del corazón conservador de la sociedad regiomontana: la tranquilidad de volver a acoger el temor a la acción política. La política será una vez más expulsada de los hogares y de las plazas públicas.

28. Pero aún hay que esperar. Como en el resto de México, el sistema político y la sociedad de derecha sólo reaccionan cuando ven una amenaza desde lo que identifican como izquierda. La ciudadanía regiomontana considera más amenazante la llegada al poder de López Obrador, que la confabulación entre los gobiernos y el crimen organizado. Hay varias razones por las que se tolera mejor lo segundo que lo primero. Una es la corrupción de las autoridades y la participación de la sociedad civil en el flujo de dinero generado por el crimen organizado. Otra razón es la desintegración social (como el desempleo, la carencia de educación, la apariencia de bienestar, etc.). Otra es el miedo a los delincuentes y a las “autoridades”. Una más, es la ignorancia de la población y la manipulación mediática. Pero quizás la razón más importante es la dependencia política de la sociedad civil respecto de los mecanismos partidistas. Los gobiernos y los partidos no utilizan sus organizaciones de base para alentar el fin de la delincuencia organizada, sino para dar supuesta legitimidad a sus acciones ilegales en el gobierno. Por su parte, los medios de comunicación les siguen el juego a los partidos, fingiendo una labor social de denuncia, pero nunca de acción.

29. En todo caso, la sociedad civil regiomontana es políticamente abúlica por miedo, tradición, costumbre y control sistemático. Por miedo y tradición, porque teme que la acción política autónoma la pondría del lado que rechaza su tradición más arraigada, la de una derecha que tiene como ideario una libertad cuya mejor expresión es la libertad de mercado y la abstención de la participación en los mecanismos gubernamentales (el estado mínimo), es decir, una sociedad empresarial antes que una sociedad civil libre. Por costumbres y control sistemático, porque la forma acostumbrada de acción política es la que durante décadas se ha practicado a través de los mecanismos partidistas y los medios institucionales del ejercicio de la democracia, esto es, la costumbre controlada por el gobierno y los partidos (con la participación manipuladora de los medios de comunicación) de sólo actuar cuando estos convocan (aunque sea a través del lonche).

30. La sociedad regiomontana padece escasez de ciudadanos y exceso de consumidores o, de otra forma, sus individuos son un mínimo de ciudadanos y un máximo de consumidores. El camino más corto y probable para que haya un cambio en Monterrey no es, por tanto, la transformación, sino la conservación. Es el camino de una derecha que se organizará temerosa de sí misma, del crimen del que ella misma se nutrió y, así, formará una demanda hegemónica reducida o mínima. El gran proyecto reaccionario ya es desde ahora la misma deslucida demagogia de siempre: mayor seguridad y participación, menor violencia y corrupción.

31. Estas demandas son, como la sociedad y la cultura regiomontanas, totalizadoras. Son totalizadoras en la medida en que su vacío permite unificar y homogeneizar los grupos; lo son porque el diálogo con las posiciones críticas sólo es admitido si se tiene por objeto dialogar sobre aquellos contenidos vacíos, y, puesto que son vacíos, imposibilitan el compromiso, el diálogo, la crítica y la transformación reales.

32. Las demandas vacías son deseo de muerte, instinto de no diferenciarse. En lugar de abrir la posibilidad a la acumulación de fuerzas que se afirman a sí mismas y que niegan, estas exigencias vacías se repliegan en la nada. La nada es la esperanza de ser del regiomontano. Por ello busca un sostén en las cavidades de palabras como “identidad”, “tradición”, “norte”. Un vacío lo cubren con otro. Las demandas vacías las interpelan en nombre de una identidad vieja, y, sin saberlo, se persiguen la cola. No les importa mucho este juego sin fin: es su deporte favorito. También le llaman “dar atole con el dedo”.

33. Las demandas son totalizadoras y vacías porque además son sometidas a través de las formas. La ley sirve aquí sólo para imposibilitar el diálogo, para establecer la distancia entre el pueblo y los gobernantes o los patrones. La ley se estatuye para estratificar y jerarquizar los discursos, para que el ciudadano no pueda tener como interlocutor al gobernador o al alcalde. Este rebajamiento del discurso y de las demandas, y su degradación en fórmulas establecidas por el sistema (sea la empresa, el jefe, el representante o el gobernante), las convierte en demandas abstractas e indiferenciadas.

34. Tras las incipientes demandas urgidas por la desesperación, los llamados a la paz, la democracia, a la justicia ─llamados sin contenido ni compromiso─, se escurre el engaño. Las condiciones políticas y sociales de Monterrey (el conservadurismo, el partidismo, la mediatización, etc.) son el lugar ideal para que los contenidos vacíos sean comprados por una sociedad que desea ser engañada. Así, la solución a la violencia es la militarización, a la pobreza el consumo, etc.

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35. Los grupos que pretenden una transformación de la sociedad regiomontana deben partir de la claridad y el análisis de las demandas específicas, sobre las que debe darse un verdadero diálogo y una lucha política, y no partir de la neutralidad de palabras vacías y abstractas que tenderán a borrar entre la totalidad de organizaciones neutrales las diferencias significativas que dan identidad al grupo. Esto debe ser así, aun en la aparente neutralidad de los espacios civiles, de la participación ciudadana, de la organización de la colonia.

36. Los movimientos civiles en Monterrey requieren adoptar conceptos cargados y no ideológicos. Pero ello sólo es posible si los ciudadanos aprenden a no identificar a priori las demandas de transformación con los partidos. Mientras se siga pensando que los contenidos y las acciones políticas no son autónomas, sino dependientes de los partidos, que no conciernen en primer lugar al pueblo sino a los gobernantes, cualquier diálogo estará roto. El diálogo no significa que no haya desacuerdos, sino que los desacuerdos sean verdaderos, esto es, que los desacuerdos no sean representación o montaje ni sean la palabra dogmática de un representante.

37. Las organizaciones que pretenden la transformación no deben desear la paz, ni el orden, ni la tranquilidad del centro, ni la seguridad de lo conocido, ni la tolerancia. Deben dejarse gobernar por el terror de lo desconocido, por la violencia del diálogo, por la provocación del azar, por la pasión de la intolerancia, siempre y cuando esos principios no estén llenos de un afán consciente o inconsciente de totalización y de absolutos. Sabedores de ello prepararán su lucha en la conciencia de lo particular, de las demandas específicas y diferenciadas que aceptan una verdadera crítica y un verdadero diálogo, pero que a pesar de ello tienen una perspectiva universal. No habrá en ellas pretensiones absolutas, ni aspiraciones a una verdad única, y por esta razón existirá el gozo y la angustia de una lucha que conoce la posibilidad de ser derrotada, puesto que rechaza la tibieza de la transigencia.

38. Sin embargo, la pretensión de transformar la sociedad y la política es vana si sólo se consagran a la defensa de lo particular e individual. La afirmación de la pura diferencia de igual manera es una condena al soliloquio y al autismo. Afirmar y luchar con pretensiones sociales transformadoras es una acción que tiene que pasar por el examen autocrítico de que la propia propuesta, por más justa que sea, no puede quedarse en las fronteras de los intereses individuales. En este sentido, la efectividad del feminismo, la de los grupos pro-aborto o la de los que se declaran por la prohibición de la pena de muerte, tiene que encadenarse a una perspectiva amplia, a una demanda extensa que perfila los valores y principios universales que constituyen la sociedad.

39. Las organizaciones que pretenden una transformación deben saber diferenciar entre los problemas y soluciones que tienen una raíz universal, y la mirada que hace de ellos una sola perspectiva totalizadora que elimina la diversidad y las diferencias. El riesgo de los absolutos no debe hacer temer la idea de lo universal. Este término significa algo muy sencillo: la congruencia con lo que somos. Y sólo temen la congruencia los que temen las diferencias. Los grupos no deben renunciar por ello a buscar demandas universales y transformaciones profundas, en la creencia de que este tipo de demandas suprimen las diferencias; al contrario, esas demandas universales que parten de las particularidades de cada lucha, conformarán la diferenciación y la identidad plena de los grupos. Este tipo de organizaciones no sólo demandarían derechos para los indígenas en las leyes de los estados, sino el reconocimiento político y legal de las formas de organización tradicionales de su cultura en la Constitución; no sólo pedirían mayores espacios para circular en bicicleta o protestarían contra la construcción de un estadio, sino que propondrían la transformación del sistema económico y productivo que concibe la naturaleza como una materia prima para la explotación del hombre; no pedirían más empleos, sino que trabajarían para crear formas de relaciones laborales basadas en valores distintos del hiperconsumo, la especulación financiera, la obsolescencia acelerada, entre muchos otros que caracterizan la producción capitalista. Estas organizaciones, para ser radicales, para ser auténticas, para ser diferentes, para tener un alcance universal, para construir una identidad, para ser hegemónicas, tendrán que buscar una transformación profunda y completa del sistema actual.

40. En Monterrey hace falta la conformación de una verdadera sociedad civil, y por eso las acciones civiles deben dirigirse a la ruptura con la sociedad civil como simulacro. Pero esa ruptura tiene que pasar por vencer el miedo a la política, que a la vez nace del temor a traicionar los valores conservadores de la sociedad regiomontana.

41. Los regiomontanos viven esclavizados, sólo que aún no lo saben. Tienen que dejar de ser el simulacro de sí mismos, tienen que perder el miedo a lo que no son, tienen que reconocer el crimen que son y los acompaña, tienen que perder el miedo a la acción política. Así podrán sentir el deseo de la libertad y actuar conforme a él.

A propósito de la crítica: el a, b, c, d y e del “mundo del arte” y los “artistas” en Monterrey

Encontré en la revista  *Residente/Monterrey (número 1, abril de 2012) la columna Etiqueta para visitantes de exposiciones, firmada por Daniel González Lozano.

La lectura del artículo/columna me confundió. ¿El autor realmente sabe lo que su texto connota? Ojalá esté siendo irónico; si no, sería una lástima esta cándida exposición de la frivolidad.

Juzguen ustedes mismos:

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*Residente (antes llamada Plataforma/Monterrey) pertenece a Periscopio Media, editorial también involucrada en La Tempestad.

En el país de la soledad y el abandono

Jorge CASTILLO.

El 11 de agosto pasado se dio a conocer públicamente el caso de hallanamiento y asalto cometido por sujetos armados que vestían uniformes con las siglas PFP en menoscabo de las personas y propiedad de Efraín Bartolomé y Guadalupe Belmontes, así como de otros de sus vecinos, durante el operativo de detención de “El Compayito” en Tlalpan, D.F. Fue hasta las 4:43 a.m. que, después del ataque (o de ¿qué otra manera llamarlo?), Bartolomé reseñó su terrible experiencia preguntándose y preguntándonos con profunda indignación e impotencia: ¿De verdad estamos tan solos?”.

Un día antes, el 10 de agosto tuve la oportunidad de leer una columna de Javier Ibarrola en Milenio, en la que hizo referencia a los comentarios que recibió de un joven (hijo de militares) quien exhaltaba los nobles valores y compromiso con los que son formados los elementos de nuestras insignes fuerzas armadas (ejército, marina y fuerza aérea) y del desconocimiento que el pueblo mexicano tiene de estas instituciones y sus miembros; valores de formación, carácter y compromiso patriótico con los que, el mismo joven argumentaba, deben ser juzgados los elementos castrenses sospechosos de haber incurrido en delitos en contra de población civil, es decir, de su derecho de sólo ser juzgados por otros militares, pues “debe castigarse al que se equivoca sin dudar, pero sólo aquel que conoce su entorno y motivos puede ser el juzgador”.

http://tecoloteloco.wordpress.com/2011/05/25/exposicion-militar-en-el-parque-fundidora-de-monterrey/

imagen tomada de tecoloteloco.wordpress.com

De acuerdo con esta postura, pareciera pues que sólo así sería posible llegar a veredictos justos y responsables ante quienes realizan la peligrosa (y gloriosa) tarea de guerra que les ha sido encomendada en contra del crimen organizado. Con esto, en el texto que cita Ibarrola se hizo evidente el malestar de que la Ley de Seguridad Nacional (aprobada en lo general) minimice en su contenido esta condición fundamental de justicia entre militares así como el temor de que esto repercuta en la moral y compromiso de los militares para con su patria, y por lo que el mensaje de este joven es recuperado en el título del texto publicado por Ibarrola: “¿hemos abandonado a los soldados?”.

Así pues, se perciben dos visiones desde posiciones que, en los hechos y en los discursos, parecen irremediablemente incompatibles entre sectores que el necio belicismo calderonista ha puesto en irresponsable y perversa fricción: los ciudadanos y las fuerzas armadas (y las del “orden público”).

Por un lado tenemos a una sociedad crecientemente victimizada, ya no sólo por el crimen organizado que despliega su más humana bestialidad, sino también por las temibles fuerzas del Estado, las cuales, por otro lado, y lamentablemente como consecuencia inesperada de sus labores de nobles fines como la protección de la vida y propiedad de la población y del restablecimiento de la legalidad, el orden y la paz, éstas empiezan a perder la credibilidad y confianza de la ciudadanía por los actos de arbitrariedad cometidos y que se han dado a conocer públicamente; daños civiles que pretenden resarcir con ejercicios de “justicia gremial”.

Entonces, tenemos a una sociedad que cada vez más se siente sola, a merced de la violencia y del despojo cometida por los “malos” y también por quienes se supone nos deben proteger del “mal”; y tenemos a los miembros de nuestras instituciones armadas, quienes han sido puestos en la línea de fuego pero, desde su perspectiva, “sin ninguna garantía” de que su labor sea respaldada por una estructura político-administrativa de justicia civil que ellos mismos consideran ineficiente, corrupta e infiltrada por el crimen organizado; mexicanas y mexicanos forjados en el amor y fidelidad a su país, que expresan en la entrega misma de su propia vida, ahora pueden sentirse traicionados por él, sentirse abandonados.

Pareciera entonces que, al menos en estos dos asuntos particulares, para Bartolomé (visión de civil) y del joven citado por Ibarrola (visión de militares), el verdadero sentimiento que expresan en común es el de la indefensión; la indefensión del ciudadano que se ve agredido y humillado en su propia intimidad y de sus seres amados ante el poder incuestionable del fusil empuñado y ante lo cual se sabe solo pues la policía nunca respondió a su llamado de auxilio; la indefensión latente del marino que patrulla las calles sabiendo que durante el fragor del combate es de humanos cometer errores y matar a un inocente y de correr el enorme riesgo de ser sentenciado sin rigor, ni profesionalismo judicial, y peor aún, con intereses oscuros actuando en su contra.

La soledad y el abandono expresan ese irremediable sentimiento (real e imaginario) de indefensión que experimentamos como víctimas o que preocupa al gremio armado que busca, válidamente -más no legítimamente-, protegerse mediante fueros de justicia exclusiva.

Pero curiosamente la soledad y el abandono de unos y otros cumplen una doble función que, en las actuales condiciones, apuntan hacia una misma dirección: a una mayor fragmentación y confrontación social, sí, mayor a la que ya existía.

Por un lado el sentimiento de soledad y de abandono propician el recelo y el alejamiento de aquellos que creemos amenazan nuestra vida y bienestar, de aquellos que nos han decepcionado y de quienes ahora desconfiamos (¿más que antes?). Con ello tendemos a separarnos y alejarnos más de otros ciudadanos, de otros grupos sociales o culturales de quienes sospechamos y de las mismas instituciones que también nos agreden.

Pero paradójicamente esta suerte de soledad y abandono también impulsan o refuerzan aquellos vínculos en los que si encontramos resguardo o solidaridad como la familia, la religión, el gremio, el partido, el sindicato, hasta la pandilla juvenil o el mismo cártel; círculos de protección y también de interés particular (como también lo son las fuerzas armadas) que precisamente están en fricción unos con otros grupos, que se alejan y rechazan mutuamente, se separan, sospechan y desconfían unos de otros pues se sienten amenazados y hasta en pugna. Los grupos se retraen para apoyarse en su interior, pero también para protegerse ante cualquier amenaza exterior.

La pregunta es: ¿quién nos ha dejado solos, quién nos ha abandonado?

Serán esos que nos dijeron que con la apertura de nuestras fronteras y mercados llegaríamos al primer mundo cuando ahora estamos en uno que ni siquiera imaginábamos; fueron aquellos que redujeron al mínimo los derechos laborales y sociales de los trabajadores a favor de la mayor ganancia de unos cuantos argumentando una mejor ventaja competitiva internacional; o aquellos que le dieron la espalda al campo y provocó que nuestro país dejará de ser autosuficiente en la producción de alimentos; tal vez quienes concesionan los derechos de explotación (depredación) de nuestros recursos naturales a favor de empresas transnacionales y que además dicen ser social y ecológicamente responsables; aquellos que durante décadas se han visto obligados -por todos esos cambios estructurales- a emigrar dentro y fuera del país para buscar una vida digna; o los que siempre hemos sido indiferentes ante la marginación, el despojo, la explotación y la discriminación de los pueblos indígenas; los que compramos y vendemos la justicia y que nunca nos interesó crear un sistema veraz, eficiente y expedito; serán los que hace ya muchos años se olvidaron de educarnos para dedicarse a mantener y acrecentar sus privilegios gremiales; serán quienes heredan a sus hijos o venden plazas de trabajo en el sector público o paraestatal; o aquellos jóvenes que quién sabe en qué ocupan su tiempo porque ni estudian ni trabajan; o probablemente quienes en el centro comercial nos estacionamos en el lugar reservado para personas con capacidades diferentes; quienes en vez de ceder el paso al peatón o al ciclista casi los arrollamos, claro para que no nos gane el paso otro coche; los que siempre pedimos y damos mordida; los que siempre hemos sido crueles con los animales; que siempre hemos vivido de vender y comprar chueco; quienes compran y venden seres humanos; los que siempre sospechamos de la credibilidad o ideología de otros movimientos políticos y sociales.

Pareciera, en realidad, que siempre hemos estado solos, pues hemos construido un país de abandonos… un país de lejanías más que de cercanías; un país de diferentes y desiguales más que de ciudadanos; de intereses propios o de grupo más que de bienes comunes; de desconocidos e indiferentes valemadristas más que de solidarios; un país que ahora más que antes se enfrenta, posiblemente, a las manifestaciones más crudas de sus estructurales soledades y abandonos, esas que en el ensordecedor estruendo de las armas no hacen ningún distingo…

Pero precisamente por ello también queda claro que existen de soledades a soledades, de abandonos a abandonos, las de quienes tienen las armas y las de quienes no, de quienes irrumpen la tranquilidad de la noche con todo su poder (político) institucional y arsenal y de quienes sencillamente son obligados a arrodillar su dignidad. Indefensiones algunas que, tal vez sin desearlo -en el mejor de los casos-, agravan la indefensión de muchos otros.

En un país de indefensos, donde se multiplican las victimizaciones y la confrontación ¿cómo podremos ayudarnos? Tal vez el diálogo y la conciliación (esa de abrazos y besos) sean la forma en que dejemos de estar solos y para realmente empezar a conocernos, tal como es el deseo del joven hijo de militares…

La crisis de soberanía en México

Tirso Medellín

El problema que acontece en México es un problema que supera cualquier demanda específica y, sin embargo, no puede resolverse sin la multitud de demandas específicas, particulares y concretas. El problema se sintetiza en el concepto de soberanía, un concepto que funciona de manera dicotómica en tanto conforma el horizonte de sentido del problema: por un lado, es la formulación abstracta de las causas, y, por el otro, es la formulación abstracta de un fin al que deben dirigirse los esfuerzos del pueblo; es el problema a la vez que la solución. En otras palabras, indica que la causa del problema es la carencia de soberanía, e indica la solución porque, más allá de las formas concretas, ésta debe fundarse en la reconstitución y la recuperación de la voluntad que el pueblo ha depositado en las instituciones.

Pero por sí misma la soberanía no define nada. Es abstracta y de ahí que se encuentre una y otra vez en los discursos que plantean un cambio en el sistema, una transformación del Estado y del país. ¿En los últimos años, cuántas veces no se ha pedido en México un nuevo pacto, una nueva Constitución? Ambos conceptos, el del pacto social y el de la Constitución, hacen referencia al poder y a la voluntad del pueblo como entidad que da validez y legitimidad al Estado y a las instituciones. Tanto el uno como la otra se fundamentan en la noción de que los principios que rigen una sociedad dependen de la voluntad general y de que esto es así porque es la condición para la protección de los derechos de los individuos que viven en ella. De esta manera, como señaló Rousseau, cada uno obedeciendo a los otros se obedece a sí mismo. La voluntad de cada ciudadano está expresada en el pacto social y, por tanto, su obediencia al pacto es la obediencia a su propia voluntad que ha llegado a ser común mediante el consenso.

El Estado mexicano está fundado sobre esta concepción republicana de la soberanía. Sin embargo, como hemos dicho, tal idea es abstracta si carece de una base concreta que plantee los términos en que se hace el acuerdo. Tal base comienza con la relación directa entre las personas que se reúnen. Puesto que no todos se encuentran en iguales circunstancias económicas, de salud, de fuerza física, de relaciones con los otros, etc., no todos consideran que son convenientes las mismas leyes. Para unos son convenientes las que protegen la propiedad privada en su reparto actual y para otros no es así, para unos es conveniente la marginación racial y para otros no, y así pueden seguir los desacuerdos.

Pero aún dentro de esos desacuerdos se conforman grupos con intereses comunes. Tales grupos es posible que se conjunten por la situación en que se encuentran en las relaciones de producción de esa sociedad, con lo cual aparecen como intereses de clase, sin embargo, también pueden tomar otras formas según las problemáticas sociales que viven. El hecho es que encuentran dos puntos de unidad. El primero de ellos es el de las raíces, y con ello nos referimos a todo lo que nos ha constituido como una comunidad históricamente: la lengua, la raza, la cultura, el territorio, las costumbres, las tradiciones, los gustos, etc. Rousseau dice que un pueblo es pueblo en tanto se siente como tal. Para sentirnos pueblo no basta una ley común, sino vivir experiencias comunes, hacer las cosas de modos particulares, darle sentidos específicos a los hechos, en fin, tener una historia común en el sentido profundo de esta noción. Esta comunidad natural en la que todos los individuos se encuentran desde el nacimiento es el primer principio de una nación. Quienes prevén, como Hardt y Negri, que los movimientos políticos futuros tendrán que ser los de una multitud globalizada conectada a través de las redes sociales y los medios tecnológicos, nos obligan a pensar más seriamente las diferencias que encontramos cuando recibimos a un extranjero, nos exigen que reflexionemos sobre la posición de superioridad con la que se plantan en nuestro suelo. La movilidad social, por otra parte, la migración, son procesos diferentes que también hay que analizar pero que constituyen otra problemática.

Pues bien, el sentimiento de comunidad, y no solo la conveniencia, es lo que nos impulsa a realizar un acuerdo que tiene como finalidad el bienestar de todos o una mejoría considerable respecto a las condiciones anteriores. No es un puro instinto de sobrevivencia, sino una voluntad de vivir, pero de vivir en el bienestar de la comunidad. Sabemos que Freud propinó un duro golpe a una concepción como ésta al plantear la proporcionalidad del malestar y la cultura. A mayor cultura, mayor malestar. Sin embargo, creo que es difícil aceptar como ley una teoría que surge a raíz de un contexto histórico muy particular: la de la Europa de entreguerras. ¿Sería válido trasladar la misma explicación psicológica a sociedades tan diferentes como las de los aborígenes del Amazonas, los árabes de Medio Oriente, los japoneses o los suecos? Dussel, por el contrario, propone que toda sociedad se funda en el poder, pero no el poder como dominación, sino como una especie de voluntad de vivir que se realiza en y por la comunidad. El hecho, en todo caso, es que los seres humanos construimos la comunidad y nos reunimos en torno a ella. De esto surge una voluntad integrada que toma la forma de normas que regulan la convivencia y buscan proteger la vida de todos los individuos, pero también del grupo mismo. Estas normas pueden legitimarse de diferentes maneras: por costumbres, por consenso, por imposición, etc. Lo importante es que el bienestar debe ser para todos, al menos en los términos en que esa comunidad concibe el bienestar.

Sin embargo, las sociedades experimentan procesos en los que el orden instituido nace desviado o se desvía del bienestar de todos y se convierte en el bienestar de unos cuantos. Esto sucede, en general, porque los intereses de los que poseen el poder se yuxtaponen a los intereses de los menos fuertes. La ley es, entonces, la ley de la minoría, y la sociedad queda dividida en su fundamento. Si la sociedad o la comunidad tenían una razón para la unidad, en primer lugar, por el sentimiento de pueblo y, en segundo, porque todos eran iguales desde el punto de vista de la ley o de las normas, esa razón va haciéndose cada vez más débil hasta que la voluntad general queda escindida. La unión extra-consuetudinaria y extra-emotiva expresada en las leyes, el pacto social mismo, deja de ser el momento fundacional simbólico de la unidad del pueblo a pesar de que permanezcan ─aunque muy diluidos─ los sentimientos nacionalistas de hermandad. Como señala Dussel, se debe hablar de dos momentos del pueblo, la plebs y el populus. La plebs significa “un bloque social de ‘los oprimidos’ y excluidos” (Dussel, 2008, p. 92); el populus significa la comunidad que se vuelve dominante y establece un marco institucional que es expresión de la voluntad original de las demandas transformadoras de la plebs. El pueblo se divide porque la cultura no ha podido dar sustento al marco legal del pacto y porque, en sentido inverso, el pacto legal llega a ser una fuente de diferencias entre el pueblo.

La escisión que se experimenta en la sociedad cuando la norma no corresponde a la voluntad del pueblo y, en cambio, funciona en favor de las élites económicas, políticas, burocráticas, nobiliarias o raciales, desemboca en una lucha entre los distintos grupos. Surge entonces el problema de cuál es el criterio para decidir qué es la voluntad del pueblo y cuándo la voluntad general es en realidad general. En la actualidad tal criterio es unánime, se trata del concepto de “mayoría”. La forma de considerar una mayoría varía según el régimen político y los mecanismos concretos de participación ciudadana. Sin embargo, no es momento para abordar este tema.[1] Lo importante es que la voluntad general expresada en el pacto (la Constitución) se vuelve letra muerta en la medida en que un sector de la sociedad usa la ley en beneficio de los particulares. Desaparece, pues, el punto de acuerdo y la base de la convivencia. No hay ya garantías de igualdad, de justicia, de libertad, de un trato digno, etc. En torno a esa diferencia, a la diferencia que separa entre los que en los hechos son protegidos por las leyes y el sistema y los que no, surgen grupos particulares con demandas propias. Este es el caso del EZLN, del Comité Eureka, de los movimientos obreros, ecologistas, feministas y de diversidad sexual, o de la más reciente movilización en demanda de paz.

Una vez llegados a este momento, la dificultad que surge es la de cómo conciliar y consensuar la diversidad de demandas. Una sola de ellas puede tener muy diversas motivaciones, causas, objetivos y horizontes, de manera que una demanda común puede significar soluciones distintas. Esta complejidad aumenta cuando se trata de llegar a un consenso sobre el proyecto político estratégico que reúne diversas demandas particulares. Podemos tomar un ejemplo muy reciente para ilustrar lo anterior.

La marcha por la paz con justicia y dignidad se propuso como objetivo establecer un pacto social para resolver el problema de la violencia. La finalidad general, la de resolver el problema de la violencia, es un punto de acuerdo generalizado. Todo el pueblo está de acuerdo en que es necesario emprender acciones para resolver la situación del Estado mexicano. Sin embargo, los motivos concretos que han llevado a cada uno a movilizarse pueden ser muy disímiles. Algunos piden la devolución de la persona perdida, otros piden un proceso justo, otros más que se limpie el nombre del hijo o del padre, otros que los militares sean juzgados de acuerdo a leyes civiles o que no intervengan en funciones policiales, otros exigen que acabe la corrupción y que los funcionarios públicos sean destituidos, etc. De acuerdo a la experiencia y la historia personal, cada individuo espera acciones diferentes que pueden ser englobadas en el objetivo común de acabar con la violencia, pero no necesariamente compartirán el diagnóstico conjunto que respondería a estas preguntas: ¿quiénes son los responsables de la situación actual de violencia?, ¿es el gobierno, el narcotráfico o la indiferencia social a la participación política? Según se dé más peso a unos y otros, las demandas tomarán uno o varios sentidos específicos que serán más difíciles de conciliar. Así, los que piensan que el causante de la situación en que vivimos es el gobierno, la corrupción, los intereses particulares de los gobernantes, sus ideologías políticas, el sistema de partidos, en fin, el sistema político en general, concentrará en su demanda la transformación del sistema político, ya sea violenta o no, sea revolucionaria o gradual y pacífica. Además, junto con esta demanda, puede venir asociada la convicción de que la transformación política requiere un cambio paralelo en el sistema económico. Quienes atribuyen, por otro lado, a la delincuencia organizada la principal responsabilidad de la situación que vivimos, desde la violencia generalizada hasta la pérdida particular del ser querido, integrarán una demanda que se concentre en el combate al narcotráfico. También existirá una demanda política dirigida al gobierno pero ésta no se opondrá al sistema político como tal, sino que exigirá una mayor efectividad y eficiencia en las funciones gubernamentales. Es decir, quienes apoyan tal demanda desean el buen funcionamiento del aparato, no su reestructuración. Un ejemplo de estas posiciones fue el movimiento encabezado por Martí o las múltiples marchas por la paz, algunas de ellas organizadas desde el gobierno. Por último, hay quienes consideran que la causa de esta situación no es el gobierno solamente, ni tampoco solo el narcotráfico o la delincuencia organizada. Hay una causa más profunda que incluye a aquellas: se trata del pueblo. La situación en la que vivimos sólo es causada en parte por el gobierno y la delincuencia, pero la causa profunda es que el pueblo, los ciudadanos, han permitido al gobierno y a los delincuentes apoderarse de la institución del Estado y de los espacios públicos. Esto ha sucedido por la inacción del pueblo, por el conformismo, por la apetencia de comodidad, por la indiferencia, por la ignorancia, etc. El pueblo es el responsable porque no ha exigido que el gobierno haga cumplir los términos del pacto, no ha exigido, como dice el EZLN, que los representantes del pueblo “manden obedeciendo”. Esta tercera posición puede asociarse con las anteriores, pero va más allá de ellas. No plantea una guerra contra la delincuencia organizada, como lo hacen las posturas más conservadoras; tampoco plantea la transformación sin perspectiva, como las que caracterizan a los grupos más radicales, cuyo ejemplo paradigmático son los movimientos anarquistas. Esta posición plantea la necesidad de que el pueblo recupere la voluntad que ha perdido y la use para reconstruir un Estado que ha mostrado ser disfuncional.

Se observa, pues, que lo que era punto de encuentro de la población termina siendo punto de disenso. No todos están de acuerdo en la forma de resolver el problema porque no todos están de acuerdo en cuál es la fuente del problema. Sin embargo, al menos han aparecido algunas luces que nos permiten comprender la cuestión.

El primer alto en el camino es el de la posibilidad del consenso, la posibilidad del pacto y de su expresión. En la sociedad mexicana esta posibilidad se enfrenta con el problema de la factibilidad. No es posible que el pacto se realice escuchando la opinión de todos los ciudadanos y sometiendo a voto directo los contenidos definidos en él. En un primer momento es necesario el diálogo de todos con todos, el intercambio de opiniones, la construcción de mecanismos de información, comunicación, retroalimentación, etc. Pero este diálogo no se puede extender indefinidamente, sino que tiene que resolverse en acuerdos. Entonces se forman grupos donde predomina una opinión más o menos unificada y donde se delega la voz en una o varias personas. Para que tales grupos sean en realidad efectivos no pueden limitarse al intercambio de opiniones, pues de ello no resulta una agrupación, sino que tienen que establecerse objetivos, metas, intereses y acciones comunes que le den forma y contenido a lo que en un primer momento pertenecía a la subjetividad de cada individuo en relación con la sociedad (sus necesidades “sentidas”, sus deseos, su apreciación de ciertos valores, etc.). En el grupo esos contenidos subjetivos relativos a la sociedad adquieren objetividad en la medida en que se convierten en acciones y demandas colectivas que constituyen una identidad desde la cual la voz y la expresión adquieren fuerza y peso político. Una sociedad democrática dependerá de la capacidad que esos grupos tengan para participar en las decisiones de los poderes del Estado y en sus diversas instituciones. La participación puede ser directa (los referendos, la revocación del mandato, los jurados civiles, las candidaturas ciudadanas, etc.) o indirecta (el sistema electoral vigente, las cámaras integradas por representantes, la presión mediática, etc.) pero siempre supone vías para que el aparato estatal y los gobernantes estén obligados a escuchar y cumplir las demandas del pueblo.

Sin embargo, en este camino de la democracia participativa se distienden muchos nudos que entrelazan a la ciudadanía con el gobierno, con lo cual nos acercamos de nuevo al problema de inicio. El primer alto era, como dijimos, la posibilidad del consenso. Esta posibilidad la creamos cuando intentamos establecer los principios de nuestra convivencia en comunidad, cuando cada individuo deposita su voluntad en una ley común o expresa su voluntad a través de demandas específicas. El segundo alto es la condición de ese consenso. Esta condición es el hecho de compartir una cultura que nos hace sentirnos un pueblo. La voluntad para el consenso surge de este segundo punto.

A mi parecer, la fractura que encontramos en México se encuentra en estas dos bases de la constitución del Estado, en la soberanía que expresa demandas concretas y en la condición de pueblo. En efecto, México vive una crisis de soberanía puesto que las leyes que expresaban la voluntad del pueblo han dejado de hacerlo, por un lado, porque no se respetan los principios del pacto original en la vida concreta de los individuos y, por otro lado, porque no incorpora nuevas demandas que responden a los cambios históricos de la sociedad mexicana.

En México los principios del pacto original son violados cuando los principios expresados en la Constitución de 1917 se convierten en una ideología que sirve para mantener el orden existente. Así sucedió con la ideología priista que reivindicaba los principios de la Revolución como medio de dominación y encubrimiento de las verdaderas prácticas partidistas. En el discurso de los políticos del PRI se afirmaba la libertad de expresión, pero en la realidad se procuraba la represión. Otra forma de violación del pacto en las últimas décadas, han sido las acciones neoliberales que van contra los principios contenidos en la Constitución Mexicana: formas encubiertas del reparto de la riqueza nacional (art. 27°), pretensiones de privatización de la educación superior y la no gratuidad de la educación pública (art. 3°), etc.

Pero también se viola la soberanía nacional cuando las demandas del pueblo como expresiones de la voluntad general se vuelven inefectivas. En primer lugar, ello sucede porque los representantes en el orden político existente no representan a la población y no actúan conforme a las necesidades y las demandas de ésta, sino que actúan según su propia voluntad particular, sus intereses económicos y políticos, o sus compromisos partidistas y personales. En segundo lugar, sucede porque las instituciones públicas y los funcionarios son ineficaces, ineficientes y corruptos  o porque están regidos por ideologías que impiden que las instituciones se orienten al bienestar general. Pero aún más grave que lo anterior es la incapacidad de la ciudadanía para obligar a los representantes a cumplir las leyes fundadoras de nuestra sociedad,  así como las demandas y necesidades que han surgido históricamente a nivel nacional y global. En esta incapacidad se encuentra la principal causa del vacío de soberanía en nuestro país: la impotencia para hacer respetar el pacto original y la impotencia para que sea renovado desde la voz del pueblo y en beneficio del pueblo como causas de la crisis de soberanía.

Esta circunstancia nos permite orientarnos hacia la otra condición de la soberanía nacional y analizar las causas de la falta de una unidad del pueblo que sea fuente de soberanía. La primera consiste, según se dijo, en la posibilidad de expresar demandas comunes. La otra es el sentimiento de comunidad, la sensación de pueblo. La primera condición se enfrenta con varios problemas que podemos distinguir entre los impedimentos provenientes de los funcionarios, los políticos y las instituciones, y los impedimentos originados en el pueblo. Ahora bien, la imposibilidad del pueblo para hacer valer su voluntad general y sus demandas concretas trasciende la cuestión meramente política y obliga a que consideremos otras dimensiones y otros campos distintos al político.

Como se mencionó al principio, la constitución de los Estados modernos parte de la premisa de que la soberanía yace en el pueblo. Por ello, todo gobernante tiene que tomar en consideración la voluntad general para administrar, dirigir y gobernar el país. Hay, no obstante, un amplio rango de posibilidades en el que el gobierno posee libertad de acción ─que Locke llama prerrogativas─ y que tienen la finalidad de hacer más eficiente y eficaz la administración de los bienes públicos. Por esta razón los sistemas políticos pueden distinguirse por el grado y la forma de participación de los ciudadanos: un régimen republicano en sentido clásico supone una participación más directa, el liberalismo supone la participación a través de representantes con amplias libertades, el socialismo implicaba la participación a través de un partido centralizado, el fascismo anulaba la participación ciudadana real y la limitaba a un órgano del Estado, etc. El grado de participación es determinado, sin embargo, no extrínseca sino intrínsecamente. Esto quiere decir que la forma de participación no está determinada de manera única por la Constitución, sino por las circunstancias particulares históricas y geográficas, por la cultura, por los conflictos históricos (por ejemplo, la voluntad de mantener el orden que marca la tendencia hacia el fortalecimiento del poder ejecutivo, o viceversa), por las condiciones socioeconómicas, la desigualdad, etc. Si considerando esto nos preguntamos ¿cuál es la razón de que en México sea tan débil el poder de la voluntad general?, ¿por qué es tan limitada la participación ciudadana?, volvemos al planteamiento señalado antes acerca del problema de la violencia en el país, a saber, el de la responsabilidad de los mexicanos sobre ella.

Hagamos brevemente un acercamiento al análisis cultural, pues éste nos revela la raíz del problema a la vez que la principal causa por la cual las demandas ciudadanas no se hacen efectivas y los pactos no son respetados. Digamos de una vez que la condición de inefectividad de las demandas y de los movimientos en México se debe en general a las características culturales del pueblo. Algunos rasgos culturales que impiden la existencia de una soberanía sólida son las siguientes, aunque de ninguna manera son todos.

En toda sociedad las religiones conforman una parte importante de la concepción del mundo y de las prácticas de los individuos y grupos. Dependiendo de la cosmogonía religiosa y de la relación que los hombres tengan con su Dios, se conforman ciertos modos de actuar, de expresarse, de relacionarse con los otros, aparecen ciertos símbolos, rituales y jerarquías. En general, se construye un orden social específico y patrones particulares en la manera de actuar de las personas. Esto quedó muy claro cuando Max Weber hizo su análisis sobre la importancia de la ética protestante en los rasgos generales del capitalismo. Weber demostró que, debido a la concepción religiosa del protestantismo, surgieron modos de actuar y de relacionarse en las comunidades que permitieron el fortalecimiento de las relaciones y formas de producción capitalistas. A partir de esos análisis apareció la inquietud acerca de lo que sucedió en sociedades con religiones distintas. El judaísmo en la Europa continental experimentó un fenómeno semejante al del protestantismo. A fines del siglo XV, los judíos fueron expulsados de España y un siglo después de Portugal. En ese proceso de migración o de conversión a la fe cristiana, adoptaron nuevos modos de vivir la religiosidad. En lugar de una fe y unos rituales vividos en comunidad, se vieron obligados a adoptar estrategias para ocultar sus creencias y sus raíces. Esto los llevó a concentrar las bases del judaísmo en el individuo, en la vivencia íntima de la religiosidad, en el trabajo de la vida cotidiana, en la libertad interior de la conciencia y otras convicciones que, al igual que las protestantes, impulsaron el desarrollo de las sociedades capitalistas modernas.

El catolicismo tuvo una influencia muy distinta por las características de su fe. La creencia en los símbolos religiosos, la esperanza en la salvación mediante el bautizo, la dependencia de la Iglesia Católica, etc., todo ello contribuyó en gran medida a la falta de autonomía individual, al debilitamiento de la responsabilidad sobre los actos, a la ausencia de valor del trabajo como medio de realización, entre otras muchas características. Como lo han demostrado algunos estudios comparativos entre comunidades con raíces judías o protestantes y católico-cristianas en México, las primeras han experimentado un mayor desarrollo en términos productivos. En general, México es un país mayoritariamente católico que espera la salvación más allá de los esfuerzos individuales o comunitarios, es decir, una salvación que viene desde fuera como compensación al sufrimiento que se vive, en lugar de una salvación que es generada en la vida misma de cada individuo y en la comunión de los actos de cada uno con los de los otros. Por otro lado, México es un país con una multiplicidad de creencias religiosas de naciones y culturas originarias que han tenido que vivir en el ocultamiento de su fe y de su mundo religioso. Algunos de esos pueblos conservan, por un lado, algunas creencias y prácticas ancestrales, pero por otro lado han adoptado los principales elementos del catolicismo. Éstas son, probablemente, unas de las razones por las que el pueblo mexicano se ha mostrado incapaz no sólo de resolver los grandes problemas que ha enfrentado en la historia, sino que además continúa generando condiciones críticas para la vida en sociedad.

En consecuencia, podemos considerar como hipótesis que desde los aspectos culturales de la religiosidad, el pueblo de México contiene una fractura que no ha logrado cerrar y que lo pone en la situación de vivir en la ignorancia de la comunidad, como hace poco expresó muy bien Julián Lebarón. Esta ignorancia o incapacidad de vida en comunidad socaba las bases de la sociedad de derecho, de las leyes y, por tanto, de la voluntad general. Lo común queda en el mexicano como una cubierta emocional, pero sin fuerza ética y productiva para construir o reconstruir un Estado.

Una segunda característica cultural que es determinante en la conformación del pueblo mexicano proviene de la asimilación del sistema económica capitalista. La importancia que tienen los factores externos en esta característica es más notoria que en el caso de la religiosidad. Así, por ejemplo, los factores geopolíticos (como la cercanía con los Estados Unidos), la composición demográfica o la distribución de la riqueza, tienen un papel esencial. Por ello, vale la pena mencionar algunos datos sociodemográficos y geopolíticos.

México posee un lugar privilegiado por su riqueza de recursos naturales, lo cual le ha permitido tener una de las mayores economías del mundo. En el 2010 México descendió al doceavo puesto por su Producto Interno Bruto, el cual fue en el 2009 de $876,343.4 millones de dólares, sólo detrás de Estados Unidos y Brasil en el continente. Sin embargo, esta capacidad productiva no se ha reflejado históricamente en el bienestar de las personas. En el 2008  el 44.2% de los mexicanos se encontraba en condiciones de pobreza multidimensional, el 77.2% sufría de al menos una carencia social (educación, servicios de salud, seguridad social, vivienda, servicios y alimentación) y el 48.7% poseía una ingreso menor a la línea de bienestar. Por otro lado, desde el 2002 México es uno de los países en América Latina en el que menos ha disminuido la pobreza, con apenas -4.6 puntos porcentuales, y los progresos en la disminución de la desigualdad han sido menos significativos en comparación con otros países. En nuestro país, el decil más rico percibe el 40.3% de los ingresos, mientras que el decil más pobre percibe el 1.2% de los ingresos. Esta desigualdad se reproduce además geográficamente dentro de la federación: los estados con mayor pobreza patrimonial son Chiapas (75.7%), Guerrero (70.2%), Oaxaca (68%), Tabasco (59.4%) y Veracruz (59.3%), mientras los estados con menor pobreza son Baja California (9.2%), Baja California Sur (23.5%), Nuevo León (27.5%), Distrito Federal (31.8%) y Chihuahua (34.2%). Es notorio que los estados más pobres se localizan en el sur y que, salvo Tabasco, son los que poseen una mayor población indígena. En cambio, las entidades con menor pobreza se encuentran en el norte y en el centro. Sin embargo, a pesar de la desigualdad, México es considerado un país con una extensa clase media y, según el Banco Mundial, con un ingreso medio alto.

¿Qué nos dice esto? Estos datos no nos pueden indicar nada concreto respecto a la cuestión de la soberanía. No obstante, pueden resultar significativos si se los considera a la luz de algunas hipótesis. La primera de ellas es que los movimientos por la transformación de un Estado o de un sistema difícilmente provendrán de la clase media y, al contrario, la clase media se ocupará junto con la clase alta, de reprimirlos. A este respecto me parece necesario leer una larga cita de La democracia en América:

Los hombres de las democracias no sólo no desean naturalmente las revoluciones, sino que las temen. No hay revolución que no amenace a la propiedad privada. La mayor parte de los que habitan los países democráticos son propietarios, y viven en la condición en la que los hombres dan más valor a su riqueza.

Si se consideran con atención todas las clases que componen la sociedad, se observará que en ninguna provoca la propiedad pasiones más tenaces y severas que en la clase media.

Por lo común los pobres no se fijan en lo que poseen, pues sufren mucho más por lo que les falta de lo que gozan con lo poco que tienen. Los ricos, fuera de las riquezas, tienen muchas pasiones que satisfacer y, además, el largo y penoso uso de una gran fortuna acaba algunas veces por hacerlos como insensibles a sus satisfacciones.

Pero los que viven con una comodidad distante igualmente de la opulencia y de la miseria, dan a sus bienes un valor inmenso. Como no se hayan muy lejos de la pobreza, ven inmediatamente sus rigores y los temen; entre esta y ellos no hay sino un pequeño patrimonio en el que fijan sus temores y sus esperanzas. Cada día se interesan más en él por las constantes inquietudes que les causa y por los esfuerzos continuos que realizan para aumentarlo. Así es que la idea de ceder una pequeñísima parte les resulta insoportable, siendo el número de estos pequeños propietarios, ardientes e inquietos, el que la igualdad de condiciones aumenta sin cesar.

Por eso, en las sociedades democráticas, la mayoría de los ciudadanos no ve claramente lo que puede ganar en una revolución, y sabe muy bien lo que puede perder.

Dije en otro lugar de esta obra, de qué manera la igualdad de condiciones impelía naturalmente a los hombres hacia la industria y el comercio y cómo ella acrecentaba y diversificaba los bienes raíces; hice ver igualmente por qué inspiraba a cada hombre un deseo constante y vehemente de aumentar su bienestar. Nada hay más contrario a las pasiones revolucionarias que todas estas cosas.

[…]

Tampoco encuentro nada más opuesto a las costumbres revolucionarias, que las costumbres comerciales…

A medida que los bienes muebles varían y se multiplican, y que crece el número de los que los poseen, los pueblos se hallan menos dispuestos a hacer revoluciones. (Tocqueville, pp. 586-587)

En efecto, las condiciones económicas de México no permiten la formación de movimientos unificados surgidos desde el pueblo que conduzcan a la transformación del pacto social en función de demandas contrahegemónicas. Como señala Tocqueville, la clase media o la clase comerciante ─que en México constituye una pequeña mayoría, pero al fin una mayoría─, no está dispuesta a perder su status de clase media a favor de la posibilidad de una sociedad más justa, por más que el estándar de bienestar sea cada vez más bajo. Los bienes que es posible adquirir mediante un ingreso económico medio son suficientes para los estándares de bienestar de la sociedad mexicana. Estos estándares no consisten, al parecer (a reserva de que se haga un estudio sociológico de la opinión de los mexicanos al respecto), en el acceso a la seguridad social, salud, casa, vivienda, etc., sino en otro tipo de consumo. Me refiero a lo que Thorstein Veblen llamó, “consumo ostensible” y que no es propiamente la satisfacción de una necesidad, sino la satisfacción de una apariencia, a saber, la de la opulencia y el honor. Es lo que de otra manera se ha denominado “necesidad creada”, concepto proveniente desde Rousseau, y que explica en parte el proceso de alienación de la cultura.

Pero esta característica, que podríamos llamar circunstancial, de la sociedad mexicana, no se debe solamente a la existencia de una clase media extensa. Al contrario, este hecho toma significación en el contexto específico de un sistema económico particular. Sin duda, el capitalismo ha sido la base para que los valores tradicionales de la comunidad y de las tradiciones fueran sustituidos o transformados. En realidad, los valores con que emergió la ilustración fueron poco a poco distorsionándose a través de los intereses económicos y de clase. Así, el individuo, el trabajo, la producción, la razón, se convirtieron en el individualismo (con los adjetivos que se le quieran agregar: hedonista, egoísta, etc.), el trabajo como fin, la explotación, la instrumentalización, el consumismo, etc.

A ello se debe agregar que México es el vecino del Estado que se ha constituido en el centro del sistema económico mundial, y que su influencia no sólo se limita a una gran presión sobre el mercado y el modelo económico mexicano, sino que también se extiende a la cultura. Bajo el modelo estadounidense, la cultura mexicana, sobre todo la de los estados del norte, ha adoptado el capitalismo. Sobre todo en esta zona, el nivel de bienestar y la vecindada son especialmente favorables para la adopción de ese estilo cultural y para tomarlo como patrón. Sin intención de simplificar la complejidad de las culturas norteamericana y mexicana, como marco de lo que acontece en una buena parte de México podemos considerar la exposición teórica formulada por Marcuse acerca de la sociedad unidimensional.

Según este autor, las sociedades capitalistas de los países más desarrollados se han convertido en unidimensionales. Esto significa varias cosas, pero entre ellas supone que la sociedad carece de la fuerza para la movilización y la lucha debido a la democratización de la política y a la generalización de las oportunidades para el consumo. Esto mismo parece haber sucedido en México, pero sobre todo en los estados con menor pobreza. Al hecho ya mencionado de que la clase media no desea arriesgar el mayor o menor grado de bienestar que posee, además hay que agregar el hecho de que cree que verdaderamente posee un nivel de bienestar aceptable: cree que elige a los gobernantes porque tiene el derecho al voto, y cree que su bienestar es real o justo porque tiene la posibilidad de consumir lo que los demás consumen. En otras palabras, cree en la sociedad en la que vive, piensa que es la sociedad buena. Sin embargo, de esa creencia no resulta una soberanía, porque su voluntad no tiene ninguna fuerza específica generada a partir de la organización ciudadana. Se trata, como diría Rousseau, de una “voluntad de todos” que consiste en la suma de la voluntad particular, y no de una “voluntad general” que consiste en la voluntad que nace de la unidad de una praxis. La mayoría está de acuerdo en su nivel de bienestar, no porque lo han construido, sino porque no quieren perder el honor o la satisfacción particular que a cada uno confiere. El pueblo que en México coincide como mayoría, no es el de la voluntad general, sino el de temor generalizado a perder lo poco que se tiene. De aquí, en parte, la dificultad para establecer un movimiento hegemónico por la transformación.

Las ideas neoliberales encuentran en este contexto un terreno fértil y fortalecen las concepciones conservadoras de la sociedad. Para el neoliberalismo, el ideal de una sociedad mejor no sólo es una utopía, sino que es una ilusión. El pensamiento utópico queda fuera de la mentalidad liberal, pues ésta considera que una sociedad mejor sólo puede existir bajo los principios del sistema económico capitalista y del sistema político liberal. Todo progreso tiene que ser adecuado a las formas propias del sistema imperante. Por ejemplo, mayor producción, avances tecnológicos, mayor tolerancia, más consumo, etc. Además, el progreso de la sociedad es gradual y no tiene un sentido definido, lo cual significa que no puede ser modificado por grandes acciones sociales, pero sí por pequeñas o medianas acciones que el sistema va acomodando de acuerdo al funcionamiento y a la estructura del mismo. Por ejemplo, la abolición de la esclavitud y la igualdad de razas en el marco institucional. Para el neoliberal, la esclavitud y el racismo carecen de una dimensión histórica, pues en el momento en el que se prohíben en el marco legal, desaparece la desigualdad que arrastran desde el pasado y que siguen llevando hacia el futuro. La justicia en esta concepción parte, por decirlo, de una tabula rasa que hace abstracción de las condiciones previas y de las injusticias pasadas. En términos jurídicos, podríamos decir que en las teorías liberales de la justicia los hechos histórico-sociales de injusticia prescriben.

¿A qué nos lleva todo esto? A que en México hay una escasa conciencia utópica que nos permita plantearnos un ideal de lo que queremos ser a partir de las situaciones concretas de crisis que hemos vivido o vivimos como pueblo. Lo pasado está en el pasado y el futuro en el futuro. Entretanto ─parecemos pensar los mexicanos─, es mejor dedicarnos a disfrutar de los escasos a la vez que jugosos bienes que, por un lado, el azar nos ha proveído y, por otro, que los momentos históricos constitutivos de nuestra sociedad nos han heredado. Este pensamiento profundamente conservador y de gran afinidad con el sistema imperante, nos impide ser conscientes como mayoría de la necesidad de una transformación profunda que emane de nosotros mismos.

No se debe pasar por alto una tercera causa. En México, el nivel de educación ha disminuido en los últimos años y seguramente en las últimas décadas, a pesar de que la educación básica ya casi cubre el total de la población. Este es otro elemento que abona la carencia de movimientos que trasciendan las coyunturas particulares y nos permitan refundar el Estado.

Hay dos condiciones principales para los movimientos contrahegemónicos. La primera de ellas es la existencia de una posición insostenible, es decir, la vivencia de una situación que nos lleva a pensar “no tengo ya nada que perder” y que puede llevar a un pueblo a luchar por la dignidad, la libertad y la justicia que le ha sido arrebatada. Estas demandas casi siempre surgen de problemas muy concretos que son la satisfacción de algunas necesidades básicas, como el trabajo, el pago justo, etc. Así ocurrió recientemente en Medio Oriente. La condición insostenible llevó a una persona a decidir inmolarse y este acto simbólico funcionó como un llamado que penetró en la conciencia del pueblo. La conciencia de que no había nada que perder se tornó acción. Esta posición era insostenible a tal grado, que el suicidio funcionó como espejo de la vida. No es un suicida que se enfrenta a una vida absurda y sin sentido, como pensaba Camus, es un suicida que decide expresar con su muerte la realidad de la vida y con ello indica el sentido que le han robado a la vida misma. Alguien que no puede trabajar, no puede comer, no puede ser escuchado, pero que cree en el trabajo, en el alimento, en el habla, simboliza con su propia inmolación su condición vital. En mayor o menor grado, este es el punto de partida de los movimientos revolucionarios. Esta es, por ejemplo, la condición en que se encuentran los pueblos indígenas en México, aunque desafortunadamente, son una minoría que no puede por sí sola transformar, como en Bolivia, la estructura del Estado.

La segunda condición es la educación. Además de los problemas concretos que llevan a una persona a despertar y actuar para cambiar el mundo en el que vive, es necesario que esa persona o ese grupo de personas tengan educación. Con ello no me refiero a poseer conocimientos escolares, sino a tener una educación en la familia, en la comunidad, en el trabajo, en la experiencia personal, en los libros y, claro, en la escuela. Sin educación pueden acontecer diversos fenómenos relacionados con la movilización, pero hay que mencionar dos.

El primero de ellos es la desviación del impulso de inconformidad hacia manifestaciones sociales alienadas. Marx lo señaló en el XVIII Brumario de Luis Bonaparte al hablar del lumpenproletariado. Los más pobres, los más miserables, que no tienen ni educación ni trabajo y que viven de las miserias, se conforman como grupos contrainsurgentes, pues no tiene un interés específico respecto a la reestructuración del Estado o la sociedad, y son fácilmente comprados por el mejor postor. Quizás la expresión contemporánea y sofisticada de esos grupos son algunos tipos de pandillas que se dedican a la delincuencia y los grupos criminales organizados del narcotráfico, como los que existen en México. En esos casos, los individuos sin educación y en condiciones insoportables debidas a todo tipo de carencias, en lugar de usar su voluntad y fuerza particular para la reestructuración del Estado, usan su fuerza en contra de la misma sociedad. Desde luego, esto no sucedería sin el poder económico que tienen los cárteles de la delincuencia y que provienen de muchas esferas de la sociedad: de la política, de los empresarios, de organizaciones internacionales, etc. En todo caso, lo que hay que señalar es la vulnerabilidad en que se encuentran por la carencia de sustento y por la carencia de educación, y que ello termina por expresarse en una ausencia de poder del pueblo, el cual se divide entre luchar contra sí mismo o luchar contra el poder establecido.

Lo segundo que puede ocurrir, y que es de particular importancia para una sociedad como la mexicana con una clase media amplia que no vive las condiciones de marginalidad mencionadas, es que justo la clase media, por su ignorancia, esté incapacitada para la movilización. En efecto, una clase media como la descrita anteriormente, esto es, cuyos valores son el consumo, el falso individualismo, la comodidad y la competencia; ignorante de lo humano, como diría Julián Lebarón, y carente de práctica en la vida y la organización como comunidad; desconocedora de los derechos, las garantías y de las obligaciones; inconsciente de la historia; una clase media semejante es difícil que pueda encaminar y dirigir un movimiento social de transformación radical o gradual. Históricamente, la clase media está imposibilitada para la rebeldía debido al bienestar. En las circunstancias actuales de México, hay que agregar la ignorancia. Sólo bajo el apremio de algún sufrimiento particular, como lo es en la actualidad el de la violencia, la clase media se inconforma y emprende un camino de aprendizaje en el que algunos individuos toman conciencia de la profundidad del problema y de su posición en la sociedad, de su voluntad y de su fuerza.

No obstante, la mayoría de las veces aún tales individuos, o los grupos que encabezan, no logran articular la demanda particular resultante en una demanda hegemónica generalizada y universal con profundidad histórica. En México estos movimientos siguen siendo marginales y particulares e incapaces de asumir con radicalidad el planteamiento de la reestructuración del Estado, la sociedad y el sistema mundial. Además son incapaces de enfrentar los poderes fácticos e imponerse a ellos, en gran medida, por la falta de una clara posición de confrontación o de mediación (la cual termina por ser una asimilación). En el discurso neoliberal esto se ha expresado en la teoría del fin de las ideologías. Según esta teoría ya no puede haber confrontación entre una ideología de izquierda y una de derecha. Todas las tendencias sociales y los actores políticos juegan en el terreno de la neutralidad o deben jugar en ese terreno para ser aceptados. Las posturas confrontadoras tienen que ser excluidas y en efecto son excluidas por la dinámica misma de los sistemas sociales contemporáneos. A los únicos que no se los escucha son a aquellos que no siguen las reglas del diálogo “racional”. Con racional debemos entender neutral, tranquilo, conciliador, sumiso, etc. De esto acabamos de tener un magnífico ejemplo en el Castillo de Chapultepec. La confrontación lleva a la exclusión y la marginación, el diálogo conduce a la asimilación y la dispersión. Esto no quiere decir que no hay movimientos en México que desde una posición de confrontación y participación han tenido la oportunidad de hacer un cambio histórico de la sociedad y del Estado, como lo fue en el 2006 el movimiento en torno a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, o desde de la década de 1990 el movimiento del EZLN. Sin embargo, estos casos suponen circunstancias específicas y decisiones particulares de los líderes que no pueden analizarse aquí.

Para concluir, sólo resumiré lo dicho anteriormente. La soberanía es destruida desde abajo y desde arriba. Desde abajo porque las condiciones culturales (costumbres, educación, economía, trabajo, etc.) no permiten que el pueblo se organice y participe activamente, no permite que haga valer sus derechos y garantías por los que se constituyó como Estado, ni tampoco permite que el estado de derecho contenido en el pacto se haga efectivo. Y desde arriba, porque el poder del Estado, el poder de los políticos y de los partidos, el poder de los grandes empresarios, el poder, incluso, de los grupos delincuenciales, someten por la fuerza los pocos espacios donde comienza a gestarse una participación real que promete la posibilidad de recuperar la soberanía. Estas dos líneas de destrucción corresponde a los modos de dominación explicados en diversas obras durante todo el siglo XX: la dominación “biopolítica” del sistema y la dominación por medio del control social a través del aparato político-burocrático o del uso de la fuerza. Todo ello nos impide actuar como pueblo, a pesar de que nos sentimos como tal.


[1] En las sociedades masificadas de la Modernidad, el acuerdo no puede realizarse por la participación democrática directa de todas las personas; tampoco puede el Estado, una vez establecida la forma en que se constituye, repartirse entre todos los ciudadanos de manera directa; y, además, el pacto no puede normar acerca de todos los casos que puedan suceder bajo determinadas circunstancias. Lo anterior supone tres cosas: la delegación de la voluntad en representantes, la división de funciones en el gobierno y la libertad de los delegados para tomar ciertas decisiones sin consultar al pueblo. La forma en que se dé solución a tales cuestiones influye de manera directa en la manera en que el pacto es obedecido.